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EL PERPETUO RECUERDO

Roberto Castro A.

Sentía frío. Ese frío provocado por la falta de alimento, de abrigo adecuado para las bajas temperaturas otoñales. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su delgado y raído pantalón, lo hacía con paso rápido, encogido, como si reduciendo el volumen de su cuerpo disminuyera el efecto del frío que le atenazaba. El viento hacía volar las hojas de los árboles creando con ello raros efectos visuales, cubriendo aquellas antiguas calles de Macul con una mullida alfombra dorada, en aquel instante y en aquellas circunstancias era incapaz de percibir esta belleza.

Le agobiaba el cansancio de un día más de inútil búsqueda, de un interminable deambular de un extremo a otro de la ciudad tratando de encontrar algún mísero trabajo, de cualquier clase, lo que le ofrecieran; la agujereada suela de sus ruinosos zapatos le producía daño a sus cansados pies exigiéndole detener su ya prolongada marcha.

Hambre, agotamiento físico, frío. Toda aquella mezcla de sensaciones sobre su desolado ser. Se detuvo un instante y dudó hacia donde enfilar sus pasos; observó detenidamente el punto donde se encontraba y luego de orientarse optó por adentrarse por un estrecho pasaje, y varias cuadras más adelante se detuvo ante una pequeña vivienda de madera pintada de blanco y golpeó a su puerta.

Una mujer de mediana edad y de agradable figura acudió a su llamado, luego de dudar unos segundos, desconcertada y vacilante, exclamó - ¡ Marcos ¡, ¿ pero eres tú?.- El sonrió levemente, miró a la mujer con detención, como a quién no se ha visto durante un largo tiempo, sin responder le apretó en un cálido abrazo. En el estrecho contacto ella percibió el agrio olor a sudor, a ropas usadas durante días, al tiempo que sus manos palpaban la delgada y desgastada tela de la chaqueta, comprobando la miseria y el sufrimiento del hombre. Su corazón se contrajo cual un puño dispuesto a golpear y la pena la invadió, humedeciendo sus ojos.

Le hizo entrar a una pequeña sala, preguntando de inmediato: ¿te preparo un café?.

Marcos respondió con un dejo de vergüenza, - la verdad es que lo necesito bastante, hace frío, tengo hambre y he vagado todo el día.

La mujer se dirigió a la cocina y desde allí le gritó – si quieres escuchar música pon la que te agrade. Sobre un mueble bajo se veía un equipo y una bien provista colección de cassettes. Buscó entre ellas y ubicando una la introdujo en el aparato. Primero los acordes de una orquesta y luego la voz de Serrat entonando El Romance de Curro el Parmo se dejó oír con nitidez.

¡Que bella canción?, exclamó la mujer desde la cocina.

El, perdido en recuerdos, no respondió, cerró sus ojos y la añoranza lo invadió, recordó cómo gozaron en silencio de aquella melodía mirándose a los ojos, acariciándose y amándose, alimentándose el uno al otro de su piel, de sus bocas, de sus manos. Nuevamente escuchó sus palabras: “tengo miedo Marcos y sin embargo debo seguir adelante, es mi obligación, mi, compromiso, mi fe. Todo lo que creo y pienso está en juego en ello”. ¿Cuanto había durado?, un año...cinco... toda una vida. Qué importaba ya, existió y le fue arrebatado de la forma más cruel. Para todos era una más de las personas desaparecidas, para él, una parte de su ser. Un profundo dolor le embargaba, ese dolor que ya no lo abandonaría jamás, que laceraba su alma, que se convertía en un perpetuo recuerdo. ¡Qué terrible sensación de abandono, de desolación, de orfandad experimentaba al recordarla; le dolía en las entrañas y sin embargo se negaba obstinadamente al olvido. Como lograrlo si le habían extirpado una parte de su alma, era un hombre lisiado, un ser incompleto. Había probado todas las formas posibles de olvido, sin encontrar el antídoto para el dolor de la perdida; sus ojos eran un pozo seco en medio de una tierra yerma.

La mujer volvió de la cocina llevando una bandeja sobre la cual humeaba una taza de café acompañada de unas rebanadas de pan untadas con margarina. – Perdona, se disculpó. No tengo otra cosa que ofrecerte

La miró a los ojos, grandes, luminosos, mientras recibía la bandeja y agradecía su atención. Se sirvió lentamente el pan y el café, experimentando un grato bienestar con el calor del líquido y la solidez del pan.

Cuéntame, ¿ que ha sido de ti?. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos.

El tono de la mujer era cálido, su voz suave, sus bien delineados labios modulaban con soltura cada frase que pronunciaba.

Unos cuantos años – respondió él.

Sí, bastante tiempo.

Se miraron en silencio.

¿Muy cansado?, preguntó ella.

Mucho, mucho más de lo que se puede expresar con palabras.

¡Que estúpida pregunta! ... perdona.

No necesitas disculparte, lo comprendo. Entiendo lo difícil que debe ser para ti verme en estas circunstancias y establecer una comunicación natural. Yo sé, mi estado es lamentable, mísero y ofrezco un lastimoso aspecto, soy la imagen de la desventura.

Todo esto lo dijo sin demostrar emoción alguna, con mucha naturalidad, sin sentimiento de menoscabo ni tampoco de altivez, más bien en el tono justo, equidistante de la vergüenza y el orgullo.

¿Por qué no viniste antes?.

La miro a los ojos y respondió pausadamente: He andado por allí y por acá haciendo o tratando de hacer algo para no olvidar quién soy, aunque te confieso que a veces preferiría lo contrario.

¿Tanto como eso?.

Sonriendo respondió, -sólo en contadas ocasiones.

Nuevamente volvieron a su mente sus palabras,”Tengo miedo Marcos, sin embargo debo seguir adelante, es mi obligación, mi compromiso, mi fe. Todo lo que creo y pienso está en juego en ello”.

La mujer percibió su ausencia, y no interrumpió su silencio, lo dejó con sus recuerdos La grabación de Serrat hacía mucho rato que servía como música de fondo a la charla y concluyó sin que ninguno de los dos lo notara..

Debo marcharme, dijo él de pronto, despertando de sus recuerdos.

Ella miró su reloj y vio que eran pasadas las nueve, se miraron a los ojos y se despidieron con un emocionado abrazo.

 

 

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