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LA HUMANIDAD Y LA FRONTERA DE LA PERVERSIÓN
Roberto Castro A.
La humanidad necesita llegar al limite de la perversión que hoy nos domina. Nada es eterno ni puede permanecer inmutable. Mientras una porción de ella se beneficia y satisface con todo lo exquisito, sofisticado que puede existir y que el individuo común jamás ha soñado, millones de seres humanos se revuelcan en la miseria, el hambre, el dolor, las enfermedades, las desesperanzas, y, por último la muerte. Se debe poner un limite, de lo contrario, ¿que sería de lo humano? Ya no es posible proseguir a la espera de la llegada del Mesías, del héroe iluminado. La realidad es demasiado cruel, más bien brutal y desdice la condición de lo humano.
El destino del cambio esta en la búsqueda permanente, plena de Fe, de esperanza, en que serán los postergados de siempre, los gestores de la gran obra del acercamiento del paraíso a la tierra, en donde con seguridad, no todos podremos ser iguales, pero si al menos distintos a lo que somos en la actualidad. Podemos afirmar, sin un gran margen de error, que no solo seguimos siendo explotados, si no además, estafados. Engañados por aquellos en quienes depositamos la posibilidad de hacer realidad nuestro sueños de trasformación de este modelo económico que nos vulnera y oprime.
Vivimos en los inicios del siglo veintiuno, la era de la modernidad, la globalización y el dominio sin contrapeso del neoliberalismo, el paraíso del libre mercado y otras denominaciones. El viejo sueño del capital realizado, parece no haber vuelta atrás, a lo sumo, tornarlo un poco menos perverso. A este dilema se enfrenta nuestra “clase política”, que se sume más y más en un abismo de contradicciones y de falta de credibilidad, unida a un divorcio creciente con el ciudadano común. Resumiendo: existe de hecho, falta comunicación, que se traduce en nula participación del pueblo en las pequeñas y grandes decisiones que se adoptan a todo nivel.
Todos: no importando quién, esta capacitado para comunicarse, expresar ideas, poner en duda una afirmación, entregar su opinión, deseos, necesidades, discrepancias. El dialogo es la condición esencial de la democracia, y, lo es aún mas, del tipo de democracia que ambicionamos construir basada en la más amplia participación de toda la ciudadanía.
Dialogar es participar. Compartir anhelos de avanzar en la construcción de una comunidad más autentica, una más plena convivencia, más profunda, que nos confirme como prójimos, como semejantes sin renunciar a nuestras diferencias o conflictos. Un dialogo real no solo supone experiencias comunes. Si n esto presente, ¿sobre que podríamos dialogar? La realidad actual nos desconcierta precisamente por la pobreza del dialogo, como si no tuviésemos nada o muy pocas experiencias que compartir. Nos aísla y nos lleva a movernos en un extraño entorno de soledad, manteniendo lazos precarios, convencionales y desechables.
Tan precaria asociación como opinión pública es fácilmente manipulable. Se degrada cuando en encuestas que nos transforman de personas en números estadísticos, se afirma que formamos el 15% o el 30% de tal o cual otra opinión.
Es de esperar que como respuesta a este jaleamiento de nuestro existir cotidiano, empiece a resurgir un diálogo más profundo entre aquellos que algo tenemos en común, experiencias, inquietudes, sueños, proposiciones de cambio.
Solo el diálogo, que entrega y recibe posee el sentido destinado a salvar la precariedad a que en la actualidad nos vemos reducidos y que nos mantiene dispersos e insolidarios. Que esta pagina nos permita, al menos, un paso en pos de lograrlo.
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