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NOCHE DE RONDAS
Roberto Castro A .
Una vez más se me ha hecho tarde, las oscuras calles se ven desoladas, ausencia de gente, presencia de perros vagos rompiendo con sus colmillos las bolsas de plástico en donde los vecinos vacían sus desperdicios y los dejan en las aceras para cuando pase el recolector y se los lleve. Mientras los canes buscan saciar su hambre permanente con lo poco que puedan encontrar en su interior, van dejando un reguero de trozos de bolsas, papeles, tiras pestilentes, que luego muy pocos se preocuparán de limpiar. Este es el paisaje de mi población.
Me gusta la noche, ejerce sobre mí una extraña atracción, un embrujo. Cuando las luces del día desaparecen, yo empiezo a vivir realmente. Será la soledad, que me atrae y provoca en mí este raro encanto. De niño no me agradaba, temía a la soledad, al abandono en que me sentía sumergido en la oscuridad de mi cuarto, a las pesadillas a que me veía sometido producto de mis miedos.
Aún estando en mayo, no es una noche fría, la temperatura es agradable pese a que el cielo está cubierto, no se divisa estrella alguna, de vez en cuando el reflejo de alguna pipa de pasta base que se enciende en algún rincón. Camino lento pues no tengo prisa, no tengo quién me espere, nadie extrañará mi ausencia, para mí siempre es temprano para llegar. Me gusta la noche porque además de ser un solitario, soy un romántico, un soñador impenitente. De pronto, sin darme cuenta cómo, mientras mantengo este soliloquio, me veo rodeado de tres policías que me encañonan, me acorralan, me golpean, me aplastan contra el muro que está a mi espalda. Me registran manoseando mis intimidades y me siento ultrajado, violado. Cada vez que trato de balbucear una pregunta acerca del por qué de tal atropello, me hacen sentir mi insignificancia, no soy nadie, no tengo derecho alguno, menos que un objeto, una cosa, un cachivache. Soy un sospechoso de delincuente, hasta que logre demostrar lo contrario, creo que eso es lo que estipula la ley, ¿ o me equivoco y es lo contrario?, cómo saberlo, cómo averiguarlo si no se me otorga licencia alguna, a una protesta, un razonamiento, o un simulacro de dialogo.
No siento dolor en mi cuerpo, los golpes me han insensibilizado, mis oídos ya no escuchan las ofensas, mis manos resbalan por el muro a causa de la debilidad de mis piernas que ya no soportan el peso de mi castigado cuerpo.
¡Enderézate guevón, concha de tu madre! ¿Ahora te venís a hacer el débil? ¡Todas estas mierdas son iguales!
Suenan las sirenas en la noche, en esta noche mía. Como darse cuenta que es otoño sin un árbol que pueda deshojarse en esta puta población. Sería hasta poético si en vez de envases de plásticos rotos, las calles se cubrieran de hojas.
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