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MARIÁTEGUI Y EL HISTORICISMO. ALGUNAS REFLEXIONES ESENCIALES

Trabajo de aporte a la elaboración de la Memoria y la Historicidad de nuestro Pueblo Latinoamericano
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Elvis Mori(1) Investigador y Dirigente popular de Villa el Salvador, Perú

El historicismo

         Para facilitar el carácter esencial y útil de estas reflexiones, prescindiremos en esta ocasión del uso riguroso y extenso de referencias y citas, especialmente teóricas, y particularmente del llamado “historicismo”. Tomando como herramienta aquella frase del viejo Heráclito, en el sentido de que es el ser humano “el que pone nombre a las cosas”, nos limitaremos, para efectos de esta exposición, a definirlo de manera instrumental, esencial y ampliamente, como “el conjunto de diversas corrientes de pensamiento que coinciden en enfatizar, como elemento clave, el carácter histórico de la vida humana y de todo su conocimiento”. Ello permite incluir autores filosóficos que compartiendo ese énfasis esencial, lo trabajaron de maneras muy diferentes, tales como los alemanes Dilthey (que recogiendo el idealismo alemán, especificó a las ciencias del espíritu, sociales, humanas o históricas, como “comprensivas” y diferentes a las naturales, al tener como objeto unidades irrepetibles de carácter subjetivo, irreductibles a la generalización de las ciencias naturales); Spengler (que concluyó que cada “cultura” era un determinado producto histórico, especie de alma o mentalidad, que sólo podía entenderse cabalmente desde sí misma; y que llegó a periodizar su “ciclo” de nacimiento, auge y “decadencia”) y Marx (que enfatizó a la ciencia como un método para, al mismo tiempo, comprender la historicidad concreta de la realidad social, y para transformarla); los italianos Crocce (para quien la historia es indeterminismo/libertad absoluta, sin actores concretos que puedan darle cauce, y que, por tanto, sólo racionalizamos lógicamente a posteriori, desde el presente) y Gramsci (quien define la verdad y lo objetivo como un consenso histórico social, que se juega en la praxis, -ideas y acción- de los actores que la conforman); y el español Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mis circunstancias”), entre innumerables otros. Dicho de otro modo, lo fundamental y común en este conjunto de enfoques es que: “todos los hechos, y esto incluye al conocimiento mismo de los hechos, están condicionados por su historia, su específico tiempo y espacio, su propio contexto y particulares circunstancias”.
 
         Mariatégui conoció, ya sea personalmente o a través de sus obras, a estos y muchos otros historicistas, así como a innumerables otras corrientes del pensamiento humano, como, por ejemplo, la “teoría de los mitos” de George Sorel, que le permitió reivindicar la religiosidad propia de la mitología indígena como creación colectiva y al propio “mito revolucionario” como generador de “fe y pasión” imprescindibles para la acción política.

La tensión entre Historicismo y Generalización ahistórica en América latina

         Mariátegui se inscribe, como un hito emblemático y destacado, en una antigua y permanente tensión entre el historicismo y la generalización ahistórica, que ha atravesado toda la historia, como continente en lucha, de América Latina.

         Muy esencialmente, desde la llegada de los conquistadores genocidas europeos, su profunda matriz cultural vendrá con ellos en sus alforjas para re nombrar a esta nueva realidad con sus nombres y ubicarla en un “lugar” que “encaje” en “su” orden y concepción del mundo. El sacerdote jesuita español José de Acosta, precursor del naturalismo en la región de Perú en época de la colonia, en su “Historia natural y moral de las Indias” de 1590, se pregunta: "Cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en otra parte del mundo". La paradoja de que aquella zoología única en el mundo fuera nombrada con “otros” nombres, la constata en carta al rey de España: "A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España".

         No sólo los españoles, el no menos conocido Voltaire, “adalid” del principio democrático de la tolerancia, seguro de la potestad cultural civilizatoria europea para nombrar lo nuevo desde lo ya existente,  afirmara que “los leones de América eran calvos”. Nombrar las cosas es un primer y fundante acto teórico que habrá de inaugurar la permanente tensión entre un pensamiento venido o tomado del mundo hegemónico euro norteamericano, o de uno gestado aquí, con su aporte, sí, pero para la creación de nuevas respuestas propias. El mismo Acosta es un de los primeros en expresar esta tensión teórica  cultural en el campo de las ciencias: "Quien por esta vía de poner sólo diferencias accidentales pretendiere salvar la propagación de los animales de Indias, y reducirlos a las de Europa, tomará carga, que mal podrá salir con ella. Porque si hemos de juzgar a las especies de los animales por sus propiedades, son tan diversas que quererlas reducir a especies conocidas de Europa, será llamar al huevo, castaña" (Opus cit. Libro 4º. Cap.36).

         Pero la vida es movimiento y las cosas raramente permanecen como se las pretende fijar. Esta separación y subordinación civilizatoria de la matriz cultural europea en contra y sobre la que le pre existía en América, gradualmente, a lo largo de 3 siglos, incorporó también un proceso simultáneo de múltiple mezcla y sincretismo étnico de los dos grandes elementos y de los afro descendientes, traídos como esclavos. ¿Cómo haría esta nueva configuración humana para alcanzar su identidad y reconocimiento, habiendo llegado después y subordinada a este proceso que la cultura hegemónica europea había cerrado hace siglos? ¿Cómo podría esta nueva entidad latinoamericana contar con un pensamiento revolucionario propio, que no fuera “copia ni calco” de otro venido desde fuera?  

         No podía ser de otro modo, entonces, que a través de una permanente tensión, es decir, diálogo y choque, entre esta búsqueda y construcción propia y las fuerzas culturales y políticas que se presentaban como modelo. Tensión que operó en la práctica como choque, confusión, desgarramiento, búsqueda y parto.

El historicismo, una necesidad práctica en América Latina

         “El materialismo histórico surgió de la necesidad de darse cuenta de una determinada configuración social, no ya de un propósito de investigación de los factores de la vida histórica y se formó en la cabeza de políticos y revolucionarios, no ya de fríos y compasados sabios de bibliotecas”, decía Mariátegui (Defensa del marxismo. Editorial Casa de las Américas. La Habana. 1982. T.1. pág. 139). Y eso mismo vale, no sólo para el marxismo, sino que para todos los pensamientos revolucionarios, a lo largo de la historia. Y es de esa forma, en esa exacta dinámica, como de las entrañas revolucionarias de América Latina, de sus volcánicas luchas, se ha parido un pensamiento propio. Dicho en otras palabras, se ha hecho operatoria práctica de la tesis fundamental historicista. Pero ello ha ocurrido en tensión –dialogo y ruptura- permanente con las generalizaciones ahistóricas de diversa clase que, a veces bien intencionados, otras no tanto, aparecieron negando la posibilidad y el derecho al acto creativo propio.

Mariátegui

         Todas las revoluciones son originales e irrepetibles. Solo en un aleccionador cuento infantil, un oso, muchos años encerrado en su jaula, libre de ella, siguió como siempre, caminando 3 pasos para allá y 3 para acá, porque para él, el presente sólo podía ser repetición del pasado. 
         El “inventamos o morimos” de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar; el “nuestra América, viene de sí misma” de José Martí; la “creación heroica, sin calco ni copia” de Mariátegui; el “copiar desde aquí sería una locura” de Arguedas. Son todas expresiones de esa búsqueda por respuestas propias, adecuadas a la lucha latinoamericana. En esa búsqueda, el marxismo no siempre se había entendido con los revolucionarios latinoamericanos. No había logrado aún formarse una apropiación o adaptación sistemática de ese pensamiento a las específicas realidades del continente. Jose Carlos Mariátegui elaboró esa adaptación.

         La obra de Mariátegui es tan extensa y compleja que nos lleva a plantear aquí, muy brevemente, algunos puntos fundamentales, nada más. Primero, su concepción del marxismo que le permite historizarlo con gran consistencia teórica a la realidad peruana. Y que podemos resumir así: a) Como un Método de interpretación de la realidad, no atado a ninguna conclusión a priori; b) Como un método y una fuente de insumos para la organización, la acción y la mística revolucionarias; y c) Como una corriente filosófica historizada e historizable, es decir, perfectamente armonizable y enriquecible con múltiples e inagotables otras corrientes y aportes de pensamiento.

         De ese núcleo instrumental crucial, nacerán sus innumerables “análisis concretos de las realidades concretas” que abarcarán desde la economía a la religiosidad, pasando por la literatura y casi todos los temas sociales de su tiempo.

         En ese contexto, quizás uno de los trabajos más relevantes y trascendentes de Mariátegui fue el del problema indígena del Perú. Y sirve para ilustrar, como ejemplo, la “historización” del marxismo realizada por él. Su aplicación del marxismo, en los términos antes planteados, lo llevó a una profunda y productiva reflexión propia, completamente nueva y revolucionaria de la historia y del presente de la cuestión indígena para el Perú y el continente. “Quienes desde puntos de vista socialistas estudiamos y definimos el problema del indio, empezamos por declarar absolutamente superados los puntos de vista humanitarios o filantrópicos...no nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente su derecho a la tierra y este problema de la tierra se presenta ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú” (Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Ed. Ayacucho, Caracas 1979. Pág. 31). A partir de allí descubre y sistematiza la significación de la comunidad agraria indígena, como sujeto histórico, a través del cual ligar la revolución socialista a la realidad concreta de las grandes mayorías, al tiempo que construir un camino y un tipo de socialismo particular para su particular realidad.  Ya Manuel Gonzáles Prada, el precursor filo anarquista de los agitadores modernos del Perú, había dado una campanada de aviso: “No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera'' (Discurso del Politeama. 1888). Mariátegui la escucha, la desarrolla, la sistematiza:“El problema de los indios es el problema de cuatro millones de peruanos. Es el problema de las tres cuartas partes de la población del Perú. Es el problema de la mayoría. Es el problema de la nacionalidad” (Ideología y política. Editorial Casa de las Américas. La Habana. 1982. T.2. Pág. 279).


(1) Investigador y Dirigente popular de Villa el Salvador (peruano), con experiencias en temas rurales y movimientos sociales. elvismori45@yahoo.es Elaborado para el Conversatorio “Mariategui: Historicismo, Relativismo,”. Casa Mariátegui. Lima, Perú. 2 de diciembre de 2006. El autor agradece los aportes y debates de Ricardo Jiménez  (Chile) quien, con sus ideas y  revisiòn enriqueció la elaboración de este texto.

 

 

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