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Memoriales sin memoria: el blanqueo de Jaime Guzmán
Por: Carla Peñaloza P.*
Toda persona o comunidad humana tiene derecho al recuerdo, conmemorar fechas
o personajes. Pero ello no es posible cuando ese recuerdo ofende y daña a
una parte importante de la nación como sucede, precisamente, con el recién
inaugurado memorial en homenaje a Jaime Guzmán.
Peor aún si ello ocurre desde una posición que no se hace cargo en absoluto
de la integralidad del problema de la memoria histórica de Chile ni de la
importancia de ésta para impedir que crímenes de lesa humanidad vuelvan a
ocurrir bajo cualquier pretexto.
Que Guzmán haya perdido la vida en un atentado terrorista es absolutamente
condenable, de tal manera que si el acto del domingo hubiese sido para
condenar dicha acción, la presidenta, en nombre de todos los chilenos,
debiese haber estado ahí.
Sin embargo, el memorial de Jaime Guzmán no recuerda tanto su muerte, como
lo que sus partidarios han llamado su "obra". En este punto se hace
necesario señalar que dicha "obra" se enmarca en su directa participación en
el aparato de un gobierno que ejerció el terrorismo de Estado.
Guzmán fue asesor e ideólogo de la dictadura, lo que significa que no sólo
sabía -como el mismo declaró más de una vez-, de las numerosas violaciones a
los derechos humanos que ocurrían cada día de aquella época, sino que fue el
artífice del entramado legal e institucional que facilitó que se perpetraran
dichos crímenes. Supo, pero nunca los denunció. Sabía lo que acaecía y sin
embargo nunca se alejó del poder. Guzmán no defendió la vida.
Más aún, fue asesor de un poder legislativo inexistente, que ocupaba el
lugar del clausurado parlamento, elegido democráticamente por todos los
chilenos. Así también, fue asesor personal de Pinochet, que también suplantó
la voluntad popular. Guzmán, por tanto, no era un hombre de convicciones
democráticas.
De tanto en tanto se suele decir que él salvó a mucha gente durante la
dictadura. Cada vez que eso sucede no puedo dejar de pensar: por cada
persona que Guzmán salvó, ¿cuántas no tuvieron la misma suerte? ¿Qué poder
tenía Guzmán para salvar a quienes consideró oportuno? ¿Y los demás? ¿Por
qué Guzmán no hizo nada por salvarlos? ¿No pudo, no quiso? Si no pudo, ¿qué
hizo para evitarlo?, y por último ¿por qué apoyaba, voluntariamente y desde
la primera fila una dictadura reñida con los más elementales códigos éticos?
No fue por miedo, ni por ignorancia. El peor pecado de Guzmán es que todo lo
que hizo y dejó de hacer fue por convicción.
Toda comunidad tiene derecho al recuerdo, pero la memoria debe ser también
ejemplar, en el sentido de transmitir valores democráticos a las nuevas
generaciones y no es ético insistir en la teoría del "empate moral", que
supone víctimas en dos bandos de una guerra que nunca ocurrió. Por el
contrario, es importante señalar con fuerza que lo que ocurrió en este país,
tal como lo afirman los Informes Rettig y Valech, fue una política
sistemática de violaciones a los derechos humanos, dirigida desde el Estado.
No es lo mismo defender la democracia, y los derechos humanos que actuar en
su contra. Por eso no podemos poner en el mismo sitio a las víctimas de las
violaciones a los derechos humanos ocurridas en dictadura, que a los
funcionarios que por complicidad u omisión, fueron parte de esa política de
exterminio, como es el caso de Jaime Guzmán. No es lo mismo ser un
presidente democráticamente electo depuesto por la fuerza, como Allende, que
ideólogo de una dictadura, como lo fue Guzmán.
En un estado democrático todos tenemos el derecho y el deber de juzgar desde
un punto de vista ético la actuación propia y ajena, especialmente cuando se
trata de situaciones límites, como lo es una dictadura. Siempre será más
fácil decir: "todos fuimos culpables, por lo tanto todos inocentes", pero no
es justo, ni veraz. En materia de derechos humanos no puede haber empates
morales.
Hace un tiempo, murió Osvaldo Romo, conocido por su brutalidad y sangre fría
para torturar. Nadie fue a su funeral. A nadie se le ocurriría, por cierto,
hacerle un memorial. Es claro que Romo no es lo mismo que Guzmán, el
primero hizo el trabajo sucio, recibía órdenes, y dicen que hablaba y olía
mal. Guzmán hacía los discursos que justificaban las violaciones a los
derechos humanos, redactaba la antidemocrática constitución del ochenta y
nunca dejó de usar corbata. No es lo mismo, pero se parece demasiado.
* Carla Peñaloza P.
Universidad de Chile
cpenaloza@uchile.cl
http://carlamilar.blogspot.com/