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> Carta Abierta a Ricardo Lagos
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CARTA ABIERTA A RICARDO LAGOS
Seis movimientos que parecen seis
puñaladas, Presidente. Y la última llega cuando se cumplen
33 años del golpe militar.
A Ricardo Lagos:
¿De qué se trata, Presidente?
Aquí hay gato encerrado, Presidente. Se lo
oye maullar. ¿Estará en alguna habitación del
Palacio de La Moneda? ¿O en la oficina de la jueza Chevesic,
en la Corte de Apelaciones?
No lo sabemos, Presidente, pero lo intuimos. Y por
eso las encuestas dicen que la mayoría ciudadana (63 por ciento)
no lo respalda en lo que está haciendo. No lo apoya en su decisión
de indultar al asesino de Tucapel Jiménez. Entre los jóvenes,
ese rechazo sube al 71 por ciento. Y esperamos que esa mayoría
ciudadana tampoco lo apoye en su “bendición” al
proyecto UDI de punto final. Porque es eso, punto final, una potente
señal de impunidad para que los tribunales vayan cerrando los
casos de derechos humanos.
¿Sabe, Presidente, cuánto nos costó
llegar hasta los niveles de justicia que hoy tenemos? Diecisiete años
y medio de dictadura y quince años y medio de transición.
Total: treinta y tres años. Ha sido un largo y doloroso tiempo
en el cual luchamos primero contra una dictadura que negaba los hechos
y ante Tribunales de Justicia que –salvo honrosas excepciones-
amparaban a los criminales y no a las víctimas. Un tiempo en
que tuvimos también que lidiar con los extraños “consensos”
de la transición que –de tanto en tanto- volvían
a pactar la impunidad. Nos ocurrió con Aylwin, con Frei y ahora
nos sucede con usted.
Arduo trabajo nos tomó hacer abortar los proyectos
de impunidad de los años 90. Y durante su mandato –cuando
la impunidad se disfrazó de “demencia senil”- seguimos
avanzando hasta lograr otros desafueros para el general Pinochet y
hasta encarcelar nuevamente a los jefes de la ex DINA.
Y justo cuando estábamos avanzando como nunca
antes, comenzó a gestarse este nuevo pacto de impunidad. Un
pacto que, hasta ahora, tiene seis movimientos en el tablero.
Primer movimiento, fines de 2004: su presidenta del
Consejo de Defensa de Estado planteó la “amnistía
impropia”, un engendro jurídico inexplicable, en defensa
de la cúpula de mando de la DINA. Los tribunales rechazaron
la tesis y condenaron al general Contreras y sus criminales asistentes.
Usted tuvo que inventar una segunda cárcel militar en Peñalolén.
¿Razón? Ya habíamos logrado copar las celdas
de Punta Peuco, esa cárcel-hotel militar que ordenó
construir el Presidente Frei y cuyo decreto usted se negó a
firmar como ministro de Obras Públicas. Otros tiempos.
Segundo movimiento, comienzos de 2005: el presidente
de la Corte Suprema anunció el cierre de los procesos en un
plazo máximo de seis meses. Logramos anular la medida.
Tercer movimiento, agosto de 2005: la Sala Penal de
la Corte Suprema decidió la prescripción de un caso,
inaugurando la sorprendente tesis de que en Chile “no hubo guerra”.
Mire qué curioso, Presidente, justo cuando los tribunales nos
estaban dando la razón, justo cuando el argumento pinochetista
de “sí hubo guerra” (avalado por un decreto-ley)
nos permitía invocar los Convenios de Ginebra y el carácter
imprescriptible de los delitos.
Cuarto movimiento: usted designa al derechista-pinochetista
Rubén Ballesteros como nuevo ministro de la Suprema.
Quinto movimiento: usted indultó sigilosamente
al asesino de Tucapel Jiménez y, cuando la prensa lo hizo público,
se limitó a explicar que lo hizo “por el bien superior
del país”.
Sexto movimiento, septiembre de 2005: la UDI presenta
un proyecto para limitar las condenas de militares a diez años
de cárcel y la remisión de penas para los criminales
uniformados mayores de 70 años. Bueno, no sólo fue la
UDI. El partido pinochetista fue acompañado por dos senadores
designados de la Concertación (Boenninger y Silva Cimma) que
no arriesgan su reelección porque nunca fueron electos por
el pueblo y no se presentan como candidatos en diciembre próximo.
¡Qué mejores emisarios del mensaje presidencial! Y usted,
como era de esperar, “valoró” la iniciativa y habló
de cerrar heridas con miras al futuro.
Seis movimientos en el tablero político, con
la música de fondo puesta por la jueza Chevesic y su investigación
acerca de lo ocurrido en el Ministerio de Obras Públicas cuando
usted fue ministro. ¿Por qué no cambiamos la música
y pedimos escuchar una copia de su discurso titulado “No hay
mañana sin ayer”?
Seis movimientos que parecen seis puñaladas,
Presidente. Y la última llega cuando se cumplen 33 años
del golpe militar. Quizás podríamos pedir que se escuchara
una copia del último discurso del Presidente Salvador Allende,
aquel donde dice que “superarán otros hombres este momento
gris y amargo, donde la traición pretende imponerse”.
Porque no sólo se trata de traicionar la legítima
demanda por justicia para las víctimas de violaciones de derechos
humanos, perpetradas por agentes del Estado en nombre de una criminal
política de Estado para exterminar a los disidentes. Se trata,
Presidente, de traicionar la legítima demanda de los chilenos
de hoy para construir una nación fundada en sólidos
principios éticos. Si no lo hacemos, ponemos en riesgo a los
chilenos de mañana. La impunidad garantiza la repetición
de la tragedia.
Patricia Verdugo