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CARLOS LIBERONA: ¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!

Lucía Sepúlveda

Hemos despedido a Carlos Liberona, compañero y amigo, ex dirigente del MIR, en el Parque por la Paz donde Helmut Frenz encabezó un responso. El domingo 14 de junio fue cremado en el Cementerio Católico y posteriormente sus cenizas han sido devueltas a la región del Biobio que lo vio nacer y desarrollarse política y humanamente junto al partido en que militó, y de donde surgieron la mayoría de sus primeros dirigentes.

Para Ula y familia, mis sentimientos de conmocionado pesar ante la partida de Carlos. Lo conocí tardíamente, en democracia, después del 2000 incluso, cuando parecía que nada se podía hacer y era generalizado entre los nuestros el estar abatidos y enmudecidos por la derrota y la división. El no se rindió. Creó Ayun y con eso múltiples iniciativas sociales que eran profundamente políticas y adecuadas a estos tiempos de balbuceos y reconstrucción. Aprendí mucho de él por sus esfuerzos de constructor, por su modestia, su fraternidad y sentido de la esperanza.

Nos deja un poco más solos pero también un poquito mejores, por haberlo conocido y compartido con él algunos de sus quehaceres y empeños.

Lucía


Así lo describen otros amigos:

CARLOS LIBERONA y su recuerdo, hombre macizo, de estatura mediana, con una barba cana que le infundía un aspecto de respetabilidad a pesar de su vestimenta informal. De hablar llano, destacaba por su vitalidad y una percepción rápida y casi intuitiva de la realidad.

Y así cuenta su historia él mismo, cuando lo entrevistan para un libro editado por LOM, "De enterezas y vulnerabilidades":

LA INFANCIA EN UN BARRIO DE CHILLÁN

Yo vengo de un barrio muy pobre de Chillán, donde la ley principal de los niños era violencia, lo que explica en gran parte por qué fui capaz de sobrevivir a esa cosa terrible que fue la violencia de Pinochet.

Estoy hablando de los años 50-52 y de un barrio con una migración campesino - urbana que era el reino de las doñas (las mujeres) desde el punto de vista de la relación con los niños, todas ellas llenas de nostalgia y siempre soñando con un campo idealizado. Los roles estaban muy divididos; los hombres se preocupaban del fútbol y de la aplicación de la justicia, o sea, eran los que nos pegaban cuando las mujeres les recitaban nuestro prontuario y ellas eran las responsables del aseo y el ornato y, por supuesto, se dejaban tiempo libre para oír las novelas radiales. Tampoco perdonaban el ocuparse de las vecinas, la que engañaba al marido, la que había sido abandonada, a quién le pegaban y a quién no.

Yo era hijo de una mujer viuda y entonces como no tenía padre, era mi madre la que consideraba sagrado pegar y para ella era una falta de pedagogía el no hacerlo porque, si no, qué tipo de personas íbamos a ser, Entonces yo aprendí de pequeño a tratar de esquivar el castigo. Mi madre era una mujer extraordinaria, de origen mapuche; educó sola a tres hijos directos y uno de mi padre que ella recogió porque él murió cuando yo estaba por nacer. Siempre andaba reclamando, y su lucha principal, en ese tiempo, era contra los hombres. Después entendí la razón: mi padre fue muy brutal con ella.

Tenía una gran personalidad, una distinción natural y además era curandera, bruja, veía la suerte en las cartas. La única vez que a mí me pronosticó algo fue cuando caí detenido en la Villa Grimaldi, ella dijo que saldría libre pero que lo iba a pasar muy mal.

LA POBREZA

Para darse cuenta de lo pobre que era mi barrio basta decir que había un solo teléfono, calles de tierra, un único auto, el de la barraca y detrás del cual corríamos porque era un espectáculo.

Nuestra casa la formaban dos piezas de un conventillo, ahí vivíamos cinco personas. Estábamos empapados, teníamos sabañones, a mi hermana le echaron de las monjas porque no se le podía comprar el uniforme. Y veo todo el escándalo, mi mamá que era beata, conmigo de la mano acusando a la monja y diciéndole que era una abusadora por haberle quitado la beca a su hija. Desde los seis años los niños del barrio empezábamos a desempeñar una función concreta, distinta de la que piensan los sociólogos. Nosotros comprábamos, gestionábamos los créditos en el almacén, íbamos a buscar a los hombres el día del pago para que no se fueran a tomar, cuidábamos la virginidad de nuestras hermanas.

También conocí el hambre, una sensación muy difícil de definir. Me acuerdo que mi hermano sufría porque no teníamos pan para el día siguiente. Y en cambio, iba a buscarlo a la panadería, me entendía con los panaderos y por último me lo robaba.

Integré todo estos dolores en mi vida porque esa amargura se te cuela y o tú te quedas en eso o resuelves el problema.

Ahí, en mi barrio, fui aprendiendo lo que era la violencia, el hambre, los gritos, los hombres que les pegaban a las mujeres, lo que hasta cierto punto para mí fue una ventaja, porque cuando llegué a Grimaldi básicamente ya conocía la violencia.

EL PRIMER LUGAR DE ESTUDIO, LOS AMIGOS DEL BARRIO

En el año 1951 con la elección de Ibáñez se produjo un cambio en el barrio. Como había elecciones, empezaron a llegar las señoras del centro con sus maridos a buscar votos y a darle regalos a los niños, eran del Club de Leones o Rotarias.

Mi primera aula de estudios fue Pimpín, un zapatero comunista del conventillo. Pimpín discutía mucho con una mujer muy beata que llamábamos "Juana la sin poto" y que decía que si salía Ibáñez todos nos íbamos al infierno.
En el taller de Pimpín nos juntábamos los jóvenes del barrio porque no teníamos espacio propio, y escuchando las conversaciones, comenzaron nuestras primeras rebeldías.

Yo entré a la política a los 14 años y fueron determinantes mis amistades del barrio. Recuerdo a Lorenzo, le decíamos " el rojo" porque era un joven de la juventud comunista, también a un cura colombiano que nos predicaba que todos éramos iguales. Después apareció Pablo, que era como el sabio, muy humilde y desde una esquina nos empezó a hablar de política de manera directa, porque nos preguntaba: " ¿Tú te vai con un buen desayuno al colegio?" "Yo no", le decía, y él me contestaba: A mí no me gusta ir con hambre a la escuela".

Pablo me agradaba porque más que del partido hablaba de la cuestión social. Un día - me acuerdo- se murió de tuberculosis Raúl, un hombre del conventillo. Era muy bueno con los niños, trabajaba en la radio y nos dedicaba canciones. En el velorio se paró el Pablo, mí amigo, y dijo que en realidad Raúl no se murió de tuberculosis como todo el mundo decía, se murió de pobre. Nos quedamos helados y desde ahí empecé a pensar, porque me dí cuenta que era cierto.

Ese mismo año, yo tenía quince años y era estudiante secundario, entré al movimiento estudiantil, iba a reuniones, leía mucho, fui nombrado Presidente de la Federación de Colegios de la provincia.

Mi generación, el grupo del barrio, a pesar de lo pobres que éramos, logramos llegar a la Universidad. De los cuarenta o cincuenta de la pandilla, terminamos un porcentaje interesante en la Universidad, como también unos doce presos y exiliados. Ahora me doy cuenta de que nuestros padres no tenían sueños propios, su aspiración máxima era nuestro destino, no existían por sí mismos, su sueño era lo que nosotros pudiéramos llegar a ser.

EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973

El 11 de septiembre de 1973 yo vivía en Santiago, militaba en el MIR y a medias estaba estudiando sociología, porque me dedicaba más al partido que a ser un profesional; vivía de un criadero de aves que teníamos en Curacaví y que era una fachada.

En realidad yo me desempeñaba en lo que llamábamos el equipo de seguridad del MIR, que fundáramos con Luciano Cruz. En febrero de 1975 detienen al compañero con el cual trabajaba; al no soportar la tortura dio mi nombre, diciendo que yo era ayudista y que solo le daba alojamiento de lo puro beato que era.

Así llegaron a mi casa, justamente cuando yo escribía una carta con una información que había obtenido sobre la situación interna de las Fuerzas Armadas. Como medida de seguridad me había inventado un código especial. Mis cartas iban dirigidas a nombres de democratacristianos, como si yo tuviera otra identidad política. Lo primero que hicieron fue apoderarse de la carta, pegarme y decirme "vos soi un pescado grande, no". Me llevaron a la Villa Grimaldi y por suerte mi mujer, la Ula que es alemana, no estaba, porque había ido a comprar.

En Villa Grimaldi empezaron de inmediato a preguntarme sobre la carta suponiendo que era democratacristiano. Yo decía " bueno, estamos creando un movimiento para llamar a elecciones libres". Pensé que me iban a matar y lo único que quería era ganar unos días porque así mi mujer tendría el tiempo necesario para eludirlos; yo tuve miedo por ella. De modo que seguí simulando mi nueva identidad política, afirmando que formaba parte de un movimiento de ese partido pro elecciones libres. Me trajeron un cuestionario para responderlo. Querían que dijera que la democracia cristiana estaba dividida entre los proclives a Pinochet y los otros. Y o insistía en que éramos un solo partido y que seguíamos a Maritain, y el coronel que me entrevistaba me gritó: " ese huevón, ¿quién es? ¿Dónde está ese huevón?". A pesar del miedo, reprimí un ataque de risa.

Luego trajeron a alguien que se presentó como periodista y me increpó diciéndome: "Mira, nosotros sabemos que hay una acción de tu partido que se llama Operación Lirio Azul para sacar a Pinochet, ¿tú estás metido en eso?”Sí, señor. Y continuaron pegándome mientras agregaban: "Ustedes, huevones, son peores que los miristas, a éstos los respetamos porque son valientes pero ustedes son unos traidores, unos beatos de mierda".

Ellos tenían de mí una referencia: buscaban a una persona físicamente coja - un cojo duro- como se dice, y en verdad yo tengo una cojera muy leve, eso los tenía confundidos. Nunca imaginaron que se trataba de la misma persona, al extremo de que me preguntaban por mí mismo. Venía uno y me decía: "¿Dónde está Claudio?" (Mi nombre político). “No sé, señor, creo que se fue del país, contestaba yo. Y oía que me gritaban: " Este beato que es gritón, mira los miristas aguantan mucho más". Yo solo podía continuar en este juego y resistir. Sin embargo, siempre pensé que iba a terminar mal, creo que es un fatalismo de clase. Es raro que diga esto pero el tema de la vida y la muerte lo tuve presente desde los ocho o nueve años cuando veía a mis hermanos reventados de fiebre y depender solo del " natre" porque no había plata para llevarlos al médico.

Después, al comprobar que no morí, pasé por un estado medio místico y sentí que, si alguna vez salía en libertad, mi obligación era contar lo que pasaba en Villa Grimaldi.

En medio de este infierno del horror, mi gran preocupación era los nombres de los ayudistas cuya lista yo guardaba en mi casa. Esa era mi angustia: Si me quiebran, pensé, no van a caer militantes, caerá gente amiga, gente que es buena persona, que prestó su casa. Me arrepentí de haber seguido la orden del partido de anotarlo todo, claro que en un lugar seguro muy torpe pero eficaz. Se trataba del papel confort yo cortaba un rollo, lo volvía a enrollar, y en las últimas 10 páginas escribía una lista de cómo ochenta personas. Incluí ahí también el nombre de la monja Carolina, con la cual había trabajado en la población Ángela Davis; tenía miedo que la ubicaran a ella, la golpearan y la torturaran. Además, como la red nuestra de información era grande, incluía los nombres de algunos jueces, sacerdotes y milicos.

Así estuve en Grimaldi casi un mes. La verdad es que me pegaron menos porque interrogaban distintos a un democratacristiano que a un MIR. Y por eso yo gritaba y lloraba. Los propios compañeros miristas en Grimaldi que me reconocieron tenían una angustia enorme porque creían que me podrían pillar. Pero yo continué asumiendo ser democratacristiano y hasta tal punto que una vez, un detenido me dijo:

-Beato, enséñame a rezar; tú sabís el Padre Nuestro. Yo se los enseñe porque eso le hacía bien.

El sistema que imperaba era molestar a los presos en todo momento. Si era de noche, entrar y preguntarnos:

¿Están durmiendo?

O si caminábamos hacia los baños hacernos una zancadilla o pegarnos una patada, o agarrarles el trasero a las mujeres. Pero este trato cambiaba cuando llegaba "El chacra", un sargento de Carabineros que al estar de turno daba órdenes que nos dejaran en paz.

Después de un mes quedé libre pero yo sabía que me seguían. Estaban convencidos de que era de ese partido y esperaban que atrajera a otros para detenerlos.

EL MIEDO

Tratando de mantener el control y la sangre fría, la noche que salí dormí en mi casa y al día siguiente logré evadirme, escondiéndome en diversos lugares. Estuve tres meses saliendo solo de noche, con mucho miedo, durmiendo a la defensiva, pensando que lo que me había ocurrido era una cosa muy especial, que si no hubiera sido por la identidad que me fabriqué, me hubieran tratado mucho peor. Reconozco que si pude resistir, fue en gran parte porque nunca fui un teórico, y porque mi niñez fue tan dura que me enfrenté con la violencia mucho antes de conocer la dictadura.

EL EXILIO A ALEMANIA Y EL REGRESO A UN PAÍS EXTRAÑO

Después de un año de vivir así decidí partir en 1977 a Alemania para juntarme con Ula, mi mujer.

Tres de mis hijos nacieron allá. Regresamos en 1986 y me encontré con un país completamente cambiado, muy diferente del país ideal que construimos en el exilio. Antes todo era más solidario, y si en la dictadura teníamos susto, lo que yo veo instalado ahora es el miedo. Por ejemplo, la gente teme volver a soñar con un Allende o con la democracia real, mis amigos tienen miedo que sus hijos se metan en algo, el miedo domina las relaciones. Veo a los jóvenes sometidos a un proceso de exigencias muy alto por la competividad existente, por la filosofía económica neoliberal, por la lucha por el éxito, por el individualismo imperante. Otro aspecto importante es que yo estudié gratis, si no, no hubiera estado un día en la universidad. Hoy hay quienes tienen que cantar en los micros para pagarla.

Mirando hacia atrás, no estoy arrepentido de haber luchado desde el MIR para desafiar a Pinochet, porque creo que el dolor, el ejemplo de los que callaron para que viviéramos, de los que nos protegieron y los que solidarizaron con nosotros, son parte de la semilla del futuro y de nuestro patrimonio personal.

Hoy sigo teniendo el mismo amor por la justicia. Pienso que en el futuro tenemos que asumir la nueva cultura de los derechos humanos, aprender de los saberes populares y de los pueblos originarios.

Asumir la Carta de la Tierra y hacernos responsables de la lucha por la vida, cuestionando las prácticas verticales y autoritarias del poder.

Por eso trabajo actualmente en AYUN, una corporación que en mapuche quiere decir "Amanecer". Es una red pequeña de voluntarios muy vinculados a los que llamamos los " condenados de la tierra": los mapuches, los migrantes, los jóvenes marginados por el sida, las minorías sexuales, los sindicatos, los diversos movimientos de derechos humanos. Esto nos ha enseñado a comprender que si sumamos estas pequeñas minorías, nace una mayoría diversa y excluida a la que hay que apoyar.

Del libro "De enterezas y vulnerabilidades" 1973-2003: Hablan los mayores
De Eliana Bronfman y Luisa Jonson LOM, diciembre de 2003

Leer sus Reflexiones sobre Responsabilidad Humana

Algunos de los numerosos saludos que han llegado:

Querido Carlos,

Con mucha tristeza me comunicaron tu partida, fue tu gran amigo Hector el que me dio la ingrata noticia y queria compartir esta noticia tan triste y que me acompañe en mi dolor tambien a mi mas puro amor, mi hijo Martin, que a pesar de sus 9 años ya entiende y sabe de dolores, luchas y solidaridades, muchos de nuestros compañeros /as lo conocen y saben de que hablo, el me dijo, en la noche rezare por él porque estara siempre con nosotros, y asi es, siempre nos acompañaras en este camino con muchas dificultades para darnos la mano y ayudarnos a pasarlo.

Solo gracias por tu compromiso, por tu cariño expresado a muchos hombres y mujeres, de otras tierras, que como yo tuvimos la suerte de conocerte, recuerdo que fue en el año 1998 cuando nos vimos la primera, casi recien llegados de Lima con Ricardo a quien siempre le decia que eras su padre putativo, y ha sido Carlos, tu experiencia, tu firmeza y tu debilidad ante lo injusto nos ha dejado muchas enseñanzas y nos ha motivado a seguir adelante. Gracias por creer en nuestros sueños y proyectos, el imponerte en proteger y defender a nuestros hermanos migrantes que como bien sabes, muchas veces tuviste que discutir con mas de uno por protegerlos....Querido Carlos,  la escencia del alma es como la huella digital de las personas que queremos, es lo que nos hace únicos y por eso en esa escencia especial tu eres unico y trasciendes mas alla de lo corporal.
Te acompañare en este adios formal, aunque para mi no te hayas ido.
Te quiero mucho

Carolina y Martín

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Querido Carlos, acabo de enterarme de que partiste fisicamente, de que la noticia esperada pero temida finalmente llega. Recuerdo cuando me decías sencillamente, con esa forma tuya de pueblo aguerrido, seria, sin aspavientos, que sabías que te quedaba poco y que deb{iamos sentar bases de nuestro trabajo de emancipación en el Cono Sur. Yo me quedaba callado, incómodo, simplemente evadía la cuestuión. Creí que lo tomaría más tranquilamente, pero la tristeza me gana y no sé por qué. El Martín, mi hijo de 9 años, me dio la noticia. Me dijo: llamó mi mamá y me dijo que el tío Carlos murió, que no pudo salir bien de sus enfermedad, qué mala suerte, este no es un buen día, me dijo. Yo le dije que debíamos pensar que el tío Carlos tuvo una buena vida, una familia  a la que amó y que lo amó, muchos amigos y compañeros y que pudo hacer mucho por lo que quería que era estar y luchar con los débiles, que esa era una muy buena vida y que lo que al final importa es eso, haber vivido, y vivido bien. Vine a Internet y veo que ya muchos/as compas confirman la pena. Fuiste mi amauta, me enseñaste a cultivar virtudes necesarias y difíciles, a crecer en el respeto a la diferencia, la generosidad con el compromiso, silenciosa, sencilla, a vivir con paciencia los ritmos de las cosas y las gentes sin dejar de perseverar en lo que queríamos. Me ayudaste siempre y creíste en mí, y te debo demasiado. Muchas gracias, Carlos, muchas gracias. Recibo la noticia en medio de masacres indígenas y heroicas resistencias populares, por estos días he pensado mucho en ti y en lo que me decías de estar con los pueblos siempre, de la necesidad de inteligencia y generosidad. Te veo y te siento en los pueblos, en sus dolores y esperanzas, en esa forma algo dura tuya de enfrentar dificultades tan de nosotros los pobres. Tal vez por eso esta carta sólo podía escribirtela ahora. Eres de los más fieles amigos del futuro que yo haya conocido. Y me faltas de muchas maneras, quedo algo huerfano, aunque siempre he sido algo huerfano ahora vuelvo serlo de muchos modos. Me llevo esta tristeza conmigo, la guardo y agradezco haber sido compañeros este tramo del camino, tu confianza, las conversaciones sobre mil cosas y sueños, estar del mismo lado de la trinchera. Me llevo mi tristeza conmigo, con ella me sumerjo en las luchas de nuestras pueblos, ahí estoy donde solíamos estar, con los débiles, los oprimidos, los que buscan liberación. En este mismo momento, mis lágrimas se confunden con las de miles en las calles de Lima, producto del gas lacrimógeno, la tierra se sacude por el parto de lo nuevo y mi corazón se sacude también. Sólo quiero decirte cuánto te quiero y lo importante que eres para mí, que ya pronto vuelvo a donde debo estar, donde tú siempre supiste estar, donde tanto nos gusta estar, donde se debe, donde no hay muerte, sino transformación. Ojalá todavía puedas ayudarme y confiar en mí, tolerar mi falta de crecimiento y de inteligencia de a veces para ayudarme a seguir, porque seguimos, claro que seguimos, querido Carlos.

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HASTA SIEMPRE COMPAÑERO

Hace algunos minutos nos han dado la noticia. Aunque la esperábamos, por todos los antecedente médicos negativos, nos aferrábamos a esa costumbre popular de creer que la gente buena se recupera si se hacen cadenas de oración y se tiene fe.

Carlos fue un gran amigo nuestro, nos apoyó con todo, igual como lo hizo con pobladores, intelectuales, mapuches, mujeres, minorías étnicas y sexuales. Nadie que necesitó de una palabra de aliento, una paleteada, un "ahí veremos que podemos hacer", puede sentirse frustrado después de haber compartido con Carlos Liberona.

Entre tantas luchas tuvimos desencuentros idiotas, estúpidos, desencuentros que en caso alguno manchan esa amistad, ese afecto que le profesamos desde que le conociéramos. Fue uno de los nuestros que le visitaba permanentemente, el que nos contó de su debilitada salud y por esta vía le hicimos llegar nuestro afecto y los deseos de recuperación. Varios en representación de la CGT se hicieron parte es esa sencilla pero significativa cena que se hizo, hace algo mas de una semana, para reunir recursos que ayudaran a paliar, aunque fuera en parte los enormes gastos que demandó su atención y cuidado.

Fue de los que primero conoció del proyecto del MOSICAM y nos alentó a desarrollarlo, su apoyo fue vital para imprimir el libro testimonial "Cerro Chena" que homenajeo la memoria de los ferroviarios fusilados en San Bernardo. Su aporte fue sin condiciones en cada lucha por la causa de los derechos humanos y no solo lo hizo en el escrito y el discurso sino también en primera fila de la manifestación mientras se lo permitió su salud.

Para esta CGT Carlos Liberona no pasó desapercibido, con él fuimos a foros y encuentros defendiendo el proyecto de la organización de clase, recibimos en una solemne ceremonia a Jose Saramago, desarrollamos y dejamos inconcluso el proyecto de un centro de veraneo para los trabajadores y aunque en el final de sus días no pudimos intercambiar palabras, esto no es impedimento para decir que fue un grande y que lo recuerdo, lo recordamos como tal.

En mi oficina quedará como testimonio esa foto de Clotario Blest y Rafael Marotto que un día me obsequiara. A la señora Ula y sus hijos mí sentido pésame, el saludo de una organización sindical que reconoció antes que la dolorosa partida, el valer de un gran hombre.

HASTA SIEMPRE, CARLOS LIBERONA

A nombre del Consejo Directivo Nacional de la C.G.T
MANUEL AHUMADA LILLO
Presidente Santiago, 11 de Junio de 2009

Montevideo, 12 de Junio de 2009


Anoche, al regreso de la manifestación frente a la embajada de Perú, me encontré con la noticia que llegaba de Chile: Carlos Liberona había fallecido.

Si bien era algo que podía definirse como previsible, dado su estado de salud, el enfrentar esa realidad te golpea con la misma brutalidad que cuando cae por sorpresa. Quedé un buen rato petrificado, con trabajo por hacer esperando. La primera reacción fue devolver ese mensaje de aviso, y compartir con l@s Compañer@s que se enteraban de esto al mismo tiempo que yo, lo que venía a mi mente en ese momento. Lo que necesitaba decir, lo que necesitaba recordar. Hace unas pocas semanas enviamos la invitación a una cena solidaria en Santiago, procurando recaudar fondos para enfrentar los gastos de la última etapa de su enfermedad, muy costosa. Hubo respuesta de suscriptores de REDH, que agradezco.

Anoche no pude compartir la noticia. Hoy tampoco. Pero en este momento lo están velando en Villa Grimaldi, ese lugar que fue el infierno, ese infierno que él conoció, y hoy es un parque maravilloso, reconstruido por los sobrevivientes, que transformaron los escombros cobardes que dejó la dictadura: celdas y salas de tortura convertidos en paseos, caminos, donde uno no pierde conciencia de lo que pasó, porque está todo recreado en vida y en colores nuevos. La primera vez que fui a Grimaldi fue con él. Hoy escribo mientras su familia y compañer@s lo despiden allí, es mi manera de estar allí también.

Carlos fue y ‘ES' un amigo y un Compañero entrañable, necesario. Compartimos encuentros donde él provocaba y daba espacio a la discusión, al intercambio de ideas y opinión entre la gente más diversa. Armaba todo con generosidad, sentido y dedicación, y se hacía a un lado para que no se note que eso, se estaba dando tal como él esperaba (y como debía ser), espontáneamente... Creaba el espacio, el clima, y dejaba fluir. Parecía espontáneo y en realidad lo era, su capacidad estaba en crear las condiciones y en qué medida nos conocía a tod@s.

Una manera muy particular (y muy efectiva) de construir dando espacio, sin esquivar la confrontación, pero abriéndola dentro de un clima de acuerdo. Lo que parecía imposible se iba dando, y cuando estaba claro y lo buscabas para hacerle un gesto "al final tenías razón, esto está saliendo bien", te miraba de costado, sonriendo con los ojos, regalándote una mirada cómplice.

Guardo en mi memoria y en mis afectos esos encuentros, y me reservo el orgullo de haberlo visto actuar, de hablar desde el primer día como si nos hubiésemos conocido toda la vida, de haber recibido su palabra confiada, su interés por devolver la solidaridad con creces, sin darse cuenta que quien más daba era él. Siempre lo rodeaba gente valiosa, y una cantidad de jóvenes que se contagiaban de su manera de organizar las cosas, su cuidado y su responsabilidad. Respeto y veneración a "el viejo', como le decían cuando no estaba (y él lo sabía, y te lo contaba con la misma sonrisa cómplice con que lo voy a recordar siempre).

Carlos ha dejado mucho hecho, y muchas ideas y proyectos. Esos proyectos abiertos pueden no ser los mismos, pero se harán. Su modo de trabajar, de ver las cosas ha sido pasado a toda esa gente. Me consta. Hijo de madre mapuche, mirista, revolucionario, desaparecido, exiliado, padre de numerosos hijos propios y de la vida y el camino transcurrido junto a Ula, su mujer; constructor de consensos, provocador de todo lo bueno, Compañero y Amigo. Es imposible despedirte habiendo dejado y enseñado tanto.

Sólo un hasta la próxima, un Hasta Siempre, Agradecido

Carlos II *

* Cuando los intercambios de mensajes se iban multiplicando, y ya no distinguíamos si tal cosa la había escrito él o yo, él se identificaba como Carlos I y yo le respondía como Carlos II. Una forma algo monárquica, pero efectiva para no perder el hilo...