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Casas de tortura: Muros teñidos de angustia

Desde los tiempos remotos, la casa ha sido construida como un lugar de refugio, donde el compartir y la intimidad se conjugan entre paredes. Tras el golpe de Estado, algunas casas perdieron su sentido acogedor para convertirse en un espacio que guarda recuerdos de gritos silenciados, de una lucha por la vida, de la brutalidad del ser. Hoy esas moradas reclaman memoria.

Nota tomada del sitio: Palabrejas.cl
Texto: Claudia Farfán Escobar

Con una venda en los ojos sólo era posible dirigir la mirada al suelo. En la entrada, las baldosas blanco y negro simulaban un tablero de ajedrez. Muy cerca se oían unas campanas de iglesia marcando el pasar de las horas. Cada ciertos días era posible escuchar el rodar de un carrusel de juegos. Era el uso de los sentidos en medio de la incertidumbre y del dolor de la represión. Hoy, es el recuerdo físico que tienen los sobrevivientes llevados a la casa ubicada en calle Londres 38, donde fueron detenidos y torturados en manos de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).

Ubicada a pasos de la Alameda y del centro cívico de Santiago, fue un lugar de reclusión desde fines de 1973 hasta septiembre de 1974, el primero y uno de los más importantes que funcionó en la Región Metropolitana. Según datos de los informes Rettig y Valech, en este recinto fueron ejecutadas y/o desaparecidas 94 personas, que eran militantes del MIR, Partido Comunista y Partido Socialista.

En marzo de este año salió a la luz pública el remate del inmueble que pretendía hacer su actual morador, el Instituto Ohigginiano, corporación privada vinculada al Ejército. La noticia de la subasta despertó movilizaciones de organizaciones de derechos humanos que consideraban un acto condenable que, siendo el lugar declarado Monumento Histórico en julio 2005, ahora fuese adquirido al mejor postor. Además, la posible venta ignoraba las intenciones de los sobrevivientes, familiares y amigos de detenidos desaparecidos y/o ejecutados en Londres 38 de instalar allí un museo de la memoria.

Antes del golpe militar, esta casa antigua de tres pisos y con un gran portón de entrada, fue sede de la dirección comunal del Partido Socialista y después pasó a manos de la DINA. Más tarde, un Decreto Supremo firmado por Augusto Pinochet en 1978, la entregó en forma gratuita al Instituto Ohigginiano el cual, en un acto de ocultamiento, cambió la numeración original (del número 38 al 40) como una forma de desviar las denuncias a un número que no existía.

Y es justamente este último aspecto el que da origen al título del libro "Londres 38" (un número desaparecido), de Jorge Flores Durán. En la obra recrea los pasajes que le tocó vivir en ese centro de detención cuando tenía sólo 16 años. Dando pasos atrás, escribe con el lenguaje simple de un adolescente, del Choche, como le decían sus más cercanos.

Sin ocultar la emoción, Flores cuenta que el libro nace en la atmósfera de la conmemoración de los treinta años del golpe militar, fecha que coincidió con el año en que su hija tenía 16 años.

“Llega un momento en que la veo a ella y la veo tan frágil, tan vulnerable como joven, entonces de ahí me cambió un poco la situación de víctima de la represión a padre”, señala Flores.

Entre las motivaciones del escritor estaba rendir un homenaje a los familiares de los detenidos que vivieron la incertidumbre de no saber que pasaba con sus seres queridos, pero también con la intención de enviar un mensaje a las nuevas generaciones y concientizar a éstas de que el trabajo de la memoria debe descansar en la responsabilidad de toda la sociedad y no sólo en los hombros de los sobrevivientes.

Tras un intenso reclamo ciudadano, el Instituto Ohigginiano aceptó la permuta que le ofreció el Gobierno y entregará la propiedad en un plazo de seis meses. Aunque todavía no está claro de dónde saldrá el financiamiento, Londres 38 aspira a convertirse en un centro de la memoria histórica.

Registro abandonado

Frente al cerro Santa Lucía y en la calle del mismo nombre, número 162, funcionó la clínica privada de la DINA. En primera instancia, este recinto estaba destinado a la atención de los miembros de este organismo represivo y sus familiares. Sin embargo, a poco andar se convirtió en un centro de recuperación de la tortura. Allí fueron trasladadas personas que estaban detenidas en manos de la DINA, para ser tratadas de las dolencias sufridas tras los interrogatorios.

Los prisioneros políticos que llegaron al lugar identificaron la cercanía a la Alameda por el sonido característico del cañonazo de las 12. De acuerdo a los testimonios, ellos permanecían vendados, amarrados a la cama, sometidos a amenazas y presión sicológica. Y los interrogatorios no cesaban. Ida Vera Almarza estuvo en la clínica y fue el último lugar donde fue vista.

En la actualidad, esta casa antigua sigue intacta. Es amplia, tiene cuatro pisos y más de diez piezas. Al estar a la sombra del cerro recibe una débil iluminación natural que ingresa por el traga luz interior que se extiende por los pisos. En el año 1991 se trasladó a ella la Comisión Chilena de Derechos Humanos, cuyo presidente fue el fallecido DC, Jaime Castillo Velasco.

Instalada la democracia, cesaron los financiamientos del exterior que llegaban para la mantención de este organismo. Y ante el apremio económico se hizo urgente buscar un nuevo espacio. Gracias a las gestiones de Rosa Rubilar, integrante de la Comisión, la casa de Santa Lucía 162 comenzó a resguardar toda la documentación sobre las violaciones a los derechos humanos que fueron recopiladas desde 1978, año de la fundación de la entidad.

Respecto al arribo a esta residencia que cargaba con una historia de dolor y represión, la encargada de archivo, Silvia Pinilla, sostiene que aquello significó una reivindicación total porque llegaba “un organismo de derechos humanos que había salvado vidas, que trabajaba con la verdad y la justicia, que trabajaba en educación y promoción de derechos humanos”.

 

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