Alfredo Castro regresa a lo bonzo al teatro
En la piel de Miño
El director del Teatro La Memoria se embarcó en “Eróstrato”, una obra de alto contenido político que sacará chispas en el Festival Santiago a Mil. Allí se hará cargo de los desesperados y lúcidos discursos de los inmolados Eduardo Miño y Sebastián Acevedo.
Rodrigo Alvarado - Nación Domingo - 26 de noviembre de 2006
“No supiste morir
porque tu propia tristeza
Se incendió”.
“Miño”, Los Bunkers
A las 11:40 horas del 30 de noviembre de 2001, un hombre se detuvo frente al Palacio de la Moneda. Llegó con una bolsa en sus manos. A metros se realizaba un acto del Día Internacional del Sida.
También portaba un cuchillo, con el que trazó un profundo surco en su abdomen. La guardia de palacio decidió actuar, pero el hombre, de 52 años, contextura gruesa y un metro 60 centímetros de altura, volcó sobre su cuerpo el tarro con líquido inflamable que escondía y se incendió. Las llamas lo cubrieron por un minuto. A medianoche murió.
En la bolsa quedó una carta: “Mi nombre es Eduardo Miño Pérez, CI: 6.449.449-K, militante del Partido Comunista. Soy miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto (...) Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales”.
Miño también dejó tres hijos y una mancha de bencina y sangre que quedó como la huella de un hombre cuyo alma, “que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”, según sus últimas palabras epistolares. Y como una muestra, pese a su radicalidad, de la reserva moral con que hizo su protesta contra “la contaminación impune de Pizarreño, los grandes empresarios y la guerra imperialista”, según dice su carta.
Esa es una de las razones por las que, a casi cinco años de la inmolación de Miño, el director de teatro Carlos Bórquez prepara una obra que traerá de vuelta su testimonio en la piel de Alfredo Castro, cuando junto a Ricardo Fernández y Roxana Naranjo estrenen el 19 de enero el montaje “Eróstrato” en Lastarria 90, para el Festival Santiago a Mil.
Porque ninguno de los actores quedó indiferente frente al texto. De hecho, Fernández, protagonista de la obra, confiesa que la primera vez que se enfrentó a él “me costó mucho leerlo entero sin antes emocionarme. Es el paradigma de la injusticia política y la indiferencia de una nación. Que alguien llegue a esas consecuencias es fuente inagotable de recursos motivacionales para el teatro. Si está pasando eso, yo no puedo ponerme a hablar de los monólogos del pene. Eso no es urgente”.
EL CHISPAZO
El proyecto nació a partir de la llegada casual del texto “Eróstrato”, de Jean Paul Sartre, a las manos de Bórquez, cuando estaba en el último año de actuación en la Escuela de Teatro de Fernando González, donde Castro le hizo clases y luego lo llevó como asistente de dirección a las obras “Patas de perro” y “Las sirvientas”.
Allí, el filósofo francés hace una lectura existencialista de este ciudadano griego que para conseguir la inmortalidad decide incendiar el templo de Diana (una de las siete maravillas del mundo 300 años antes de Cristo), lo que le costó ser condenado a la hoguera.
“Él lo sabía y buscaba ese destino debido a la magnitud del crimen. Quedó como el paradigma de quien decide pagar con el cuerpo, con la inmolación, para obtener la trascendencia”, explica el director.
Por esa época, la noticia de la muerte de Miño, que inundaba quioscos y pantallas, se volvió un hecho tan violento que no lo dejó impávido. A casi cinco años, Bórquez recuerda ese día con angustia: “La televisión, particularmente, se encargó de ubicarlo en el lugar del perturbado, del no ciudadano y al mismo tiempo difundieron la carta, que era de una rectitud impresionante y de una generosidad abrumadora. Que un tipo cesante, enfermo, endeudado sea tratado como un desadaptado me parece absolutamente injusto”.
Y si de injusticias se trata, sus investigaciones sobre inmolados lo llevaron a Sebastián Acevedo, un hombre que en 1982 se quemó frente a la Catedral de Concepción en protesta por sus hijos secuestrados por la CNI.
VANIDAD VS. TESTIMONIO
En el cruce de esas dos visiones de la inmolación, la de la vanidad y la del testimonio, la de Eróstrato y la de Miño, resultó este montaje que las contrapone en las figuras de Ricardo Fernández y Alfredo Castro, respectivamente. Un contraste que para el director “es la tremenda inconsecuencia ética en que estamos, de un sistema que la promueve y la fomenta”.
En la obra, Fernández será Pablo, un tipo que goza de todas las ventajas del sistema, pero que al mismo tiempo se encuentra en un estado de desamparo que lo vuelca hacia la alienación.
De hecho, el montaje comienza con él en su departamento, dos días después de haber renunciado a su trabajo y esperando a una prostituta (interpretada por Roxana). En el diálogo con la mujer revela que lleva dos semanas pensando en bajar a la calle con un revólver de seis balas y matar a las primeras cinco personas que se le crucen en el camino, para luego suicidarse.
En ese momento se le aparece Castro, que amenaza con quemarse, y se contraponen los dos puntos de vista ideológicos que constituyen el texto, que “se me revela cada vez con mayor complejidad”, confiesa el joven actor de TVN.
“Al principio sentía que este tipo estaba motivado por una vanidad poco gravitante, pero reflexionando con el elenco se constata que a ambos personajes los une el fracaso”, cavila Fernández, para quien este trabajo “es un canto al desaliento, aunque no nos ponemos en el lugar del artista terrible”.
Bórquez tiene la explicación. Para él, es el sistema político económico el responsable de producir estos dos tipos de individuos, “uno que desde su queja burguesa se automargina, renuncia, compra un revólver y sale a matar, y otro postergado e ignorado por el sistema que decide salir de su casa y caminar por el bandejón central de la Alameda con un bidón de parafina para quemarse”.
INCENDIA TU CABEZA
Alfredo Castro no actuaba en teatro desde la obra “Eva Perón” en 2001. En su escuela de teatro –lugar de los tres ensayos que han tenido– considera irrelevante el dato de que no lo haya hecho en cinco años, frente a este nuevo desafío, y dice de entrada que no representa a Miño, sino “el testimonio político de él, de Acevedo y de todos quienes han sido capaces de castigar el cuerpo por un bien superior”.
Lo apunta porque un periodista le preguntó sobre su integridad física al ficcionar ser quemado en cada función. Y lo resalta porque junto a Juan Radrigán participaron como una opinión externa y “coincidimos que era un texto importante políticamente muy potente para el tipo de teatro joven que uno ve”.
Y Castro, que tiene un historial de escenificaciones políticamente ruidosas en las tablas, lo lleva a la actualidad: “Un acto de esa magnitud, incluso una obra de teatro que toque el tema, al lado de todas estas corrupciones de los mandos medios de mierda, por Dios que nos da razones para hacer teatro”.
El director del Teatro La Memoria no compra la imagen de nación bullante y exitosa. Su mirada, más bien, le indica que vivimos en un país desesperado y “en manos de una tropa de mediocres, y no me refiero al Gobierno, sino a estas pequeñas bandas delictuales que están instaladas en todas partes, en las universidades y otras instituciones, que están ahí esperando y haciéndole la vida imposible a la gente trabajadora”.