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Investigadores jóvenes:
La gravitación de la memoria: testimonios literarios, sociales e institucionales de dictaduras en el Cono Sur
Por Laura García
El segundo Workshop Internacional de Investigadores jóvenes “La gravitación de la memoria: testimonios literarios, sociales e institucionales de las dictaduras en el Cono Sur” se realizó en el Museo de la Universidad Nacional de Tucumán del 27 al 29 de abril. El encuentro anterior se había realizado en la Universidad de Gotemburgo, en septiembre de 2008 en el marco del Programa International Grants for Younger Researchers de STINT/ The Swedish Foundation for International Cooperation in Research and Higher Eduacation, con el patrocionio académico del Proyecto CIUNT 26/H426 del Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos, del Núcleo de Estudios sobre Memoria del IDES y de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán.
Este encuentro reunió a importantes investigadores del campo de las memorias y la literatura: Elizabeth Jelin, Susana Kaufman, Emilio Crenzel, Máximo Badaró, Miguel Dalmaroni, Ana Lía Gerbaudo, Victoria Cohen Imach, María Jesús Benites, Gladys Mattalía y estuvo coordinado por la Dras. Rossana Nofal y Anna Forné y se destacó por el avance en algunos temas relacionados con la investigación sobre las memorias y con la práctica intelectual cotidiana. La lectura de cuentos prohibidos en la dictadura, los avances sobre las investigaciones en curso de jóvenes investigadores, enriquecidas por la mirada de los especialistas, las exposiciones de nuevas propuestas de análisis de los investigadores, la articulación de los voces de los intelectuales y los funcionarios políticos, y las prácticas literarias en talleres del Grupo Mandrágora fueron algunas de las actividades que convirtieron este encuentro en un intercambio de posiciones, conceptos y miradas sobre la literatura, la memoria, el testimonio y sus prácticas.
Una vez más, este espacio de intercambio favoreció el diálogo entre jóvenes investigadores y especialistas en los temas. La contribución a las investigaciones en curso es uno de los aportes fundamentales para discutir conceptos clave y afirmar o modificar hipótesis de investigación iniciales.
El Workshop tuvo una importante repercusión en el medio tucumano, una provincia que se encuentra en una etapa inicial del recorrido de reconstrucción de las memorias, y permitió pensar una nueva posibilidad de acercar el trabajo de investigadores y funcionarios políticos, con la participación del Dr. Daniel Posse, miembro de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia. En este sentido, el intercambio entre intelectuales y funcionarios es una deuda pendiente en la política nacional, encontrar espacios de articulación entre los que saben del tema y los que llevan a cabo las políticas sociales es una propuesta esperanzadora y una apuesta al futuro, también generada desde este espacio.
El diálogo entre las diferentes disciplinas (Antropología, Sociología, Psicología y Literatura) siempre supone ideas innovadoras y una apertura de criterios para considerar el objeto de estudio y la realidad social. En este caso, el circuito generado, fuera de los espacios consagrados, permitió el intercambio de conceptos. Entre ellos, los lugares de enunciación de la memoria de sobrevivientes, familiares y ciudadanos, “invisibilidad”, la desaparición y lo traumático, la violencia política, literalidad y literariedad, huella-resto-ceniza-ruina-“biodegradabilidad”, “modos de archivo” son algunos de los términos que conforman un breve inventario de las ideas discutidas y las relaciones que entre ellas se puede establecer.
Por último, quedó abierta la puerta para jugar y sentir desde la creatividad una experiencia “interartística”, como la definió Miguel Dalmaroni en el panel de cierre, con la literatura a través de las prácticas culturales de los talleres de Mandrágora.
Las disputas de las memorias en los proyectos literarios
Panel de cierre del II WORKSHOP INTERNACIONAL DE INVESTIGADORES JOVENES
Por Miguel Dalmaroni
Se me ocurría, como reflexión de cierre, capaz a su vez de abrirnos itinerarios por venir, que la experiencia del proyecto Mandrágora que nos ocurrió durante estos días, podría ser utilizada como punto de partida para interrogar nuestros modos de trabajar con la literatura y con la crítica.
La experiencia de Mandrágora nos presentó en su puesta en práctica, creo, algunos ejes de trabajo que me gustaría destacar:
1) El grupo se propone, en las situaciones de taller que construyen con los chicos del comedor, trabajar con “literatura de calidad”. Es decir, no con la literatura seleccionada, entendida o leída como documento de cultura (o no sólo ni predominantemente con ese carácter de documento de cultura que la literatura siempre tiene en alguna medida), sino con la literatura como tal (la literatura como arte, como experiencia que siempre, en algo, se escapa de lo ya dicho y decible, de los imperativos y expectativas del provecho o la utilidad; con la literatura que, en tanto tal, salta al “otro lado del aro encendido de las previsiones”, como quiere Alain Badiou).
2) Por eso mismo, de la práctica de Mandrágora se infiere sin dificultades una teoría contrahegemónica de la literatura: la literatura tal como la entendemos y la ponemos en acontecimiento, nos dice Mandrágora en su hacer, no es –como ha querido el politicismo de los tan legitimados “cultural studies”- un dispositivo de dominación cultural funcional a la dominación social. Incluso podríamos decir que la de Mandrágora es una teoría anacrónica: no sólo postula sino que produce (y por eso prueba) la energía emancipatoria que la literatura es capaz de desatar cuando se apuesta en las prácticas a una teoría literaria como esa.
3) Ya por eso la práctica de Mandrágora es una práctica política. Y lo es también porque entre la literatura que selecciona y destaca están los libros para niños prohibidos por la dictadura. Se trata también, entonces, de un modo bien definido de pensar las relaciones entre literatura y “trabajos de la memoria”, pasado reciente, violencia cultural y política.
4) Pero en Mandrágora, como en la experiencia real de los sujetos históricos, la literatura no está sola ni aislada: viene enmadejada con el teatro o la pantomima, con la plástica y la escritura, con la danza y la música, y con una situación de encuentro entre sujetos en un espacio compartido. La teoría literaria de Mandrágora no es ni textualista, ni lingüistica, ni escrituraria, ni comunicologicista. Es una teoría-en-práctica de la literatura como parte de una experiencia interartística, donde lo que llamamos “arte” se entrevera con los cuerpos, con las voces, con la ingesta compartida del almuerzo o la merienda en una mesa donde andan dando vuelta libros, dibujos, instrumentos musicales. Una escena de lectura que Mandrágora ha inventado, que tiene mucho en común con otras experiencias reales de prácticas de lectura, pero poco que ver con la escena de lectura convencionalizada y a menudo acrítica que da por supuesta el crítico literario académico y sobre cuya imagen monta su labor.
5) En lo que nos mostró Mandrágora estos días se insinúa una forma también contrahegemónica a la vez del crítico cultural y del docente: por un lado, los roles del que enseña o coordina y del que “aprende” o es coordinado, del que narra y del que escucha el relato, se desdibujan, se mueven y se enmadejan en modos de participación inestables; a la vez, la figura del docente migra a la de una especie de cruza entre lector, narrador, actor, mimo, cantante, bailarín por momentos murguero, co-mensal. Sujetos que tras inventar un vínculo sobre la marcha pero a partir de criterios críticos elaborados entre la reflexión debatida y la práctica, se transforman mientras actúan un acontecimiento, es decir mientras dan lugar a la emergencia de una experiencia en rigor im-pensada, im-prevista. Por otro lado, esa subjetividad emergente en la práctica tiene un rasgo decisivo: es colectiva; los adultos que trabajan con los chicos en el comedor nunca lo hacen de a uno, como sucede en la mayor parte de las aulas de las escuelas y en muchas otras experiencias de taller. Si tomásemos esa figura para contrastarla con lo que vemos los críticos literarios cuando nos miramos en el espejo, veríamos una supresión de la figura moderna, jerarquizante y ya anacrónica del “intelectual”; su reemplazo es por una figura nueva que, sin ignorar las severas desigualdades culturales y sociales de su contexto, da un salto democratizador drástico respecto de la vieja noción de intelectual (“intelectual” era el que, porque autolegitimaba su saber jerarquizado, iluminaba a los otros y les hacía de ventrílocuo imaginándose que les daba voz porque no la tenían, representación porque eran incapaces de representarse a sí mismos). Hace unos años, Rossana Nofal me dijo que Mandrágora tenía entre sus consignas la frase “Intelectuales somos todos”: era el modo de destartalar e iniciar el abandono de la categoría (como cuando uno dice, por ejemplo, “todo es cultura” y, por tanto, la noción de cultura se vacía por exceso, es decir, no sirve para distinguir nada porque lo incluye todo). “Intelectuales somos todos” era, obviamente, una autocontradicción estratégica, como si dijésemos “autoridad somos todos”.
6) Consecuentemente, Mandrágora plantea, tanto por su práctica como en reflexiones explícitas, una mirada crítica, incómoda y obligada sobre la escuela y, más en general, sobre el vínculo entre los dominados y la cultura, las instituciones, el arte, el saber, la información (el “acceso” o lo que llaman, eufemísticamente, “conectividad”). Eso que la experiencia Mandrágora les hace a quienes la hacen, dice mucho sobre la escuela. En la Argentina por lo menos, los llamados “críticos literarios” o “críticos de la cultura”, es decir los profesores universitarios de las carreras de Letras y de algunas otras, trabajamos con alumnos de los cuales unos ocho de cada diez, tras graduarse, irán a enseñar literatura, lengua o artes en la escuela secundaria. Es alarmante que dejemos eso en manos del arrabal de las “didácticas”, y que no pensemos en eso y desde ese horizonte cuando enseñamos teoría literaria, historia crítica de la literatura o lingüística en la Universidad, que no advirtamos que nuestro horizonte de intervención es ese, el del sujeto sencundario con que habrán de convivir pronto nuestros alumnos de la Facultad (por contraste, a veces resulta hasta patético vernos deshojando la margarita de la culpa del intelectual en la búsqueda de los fetiches politicistas de la crítica fashion bienintencionada, que nos recomienda excretar papers sobre “subalternidad” o sobre “globalización” y subirnos, notebook en mano, a la calesita aeronavegante de la agencia académica de turismo internacional, como si allí estuviese el modo profesional apropiado para involucrarnos, comprometernos o intervenir).
En el interior de la perspectiva que vislumbro al pensar así a partir de la experiencia Mandrágora, un par de puntualizaciones:
En primer lugar, los críticos y profesores de literatura ya aprendimos (al menos en teoría) que debemos dialogar intensamente con todo el resto de las disciplinas sociales, humanas y de la cultura. En ese contexto, yo preferiría insistir hoy en que, no obstante, nuestro problema debe seguir siendo la literatura (digo nuestro problema, de ningún modo nuestro “objeto”, ese fetiche epistemológico cuya vigencia en el discurso crítico debería sorprendernos). “Literatura” sigue siendo nuestro problema, o lo que un poco autoirónicamente yo llamo “campo clásico”. La hipótesis de trabajo de esta preferencia diría: “literatura” siempre se fuga de “memoria”. Literatura se descentra, se ajeniza, se ausenta de los propósitos edificantes de las políticas de memoria, y más bien provoca que memoria haga síntoma. “Literatura” es uno de los síntomas del inconsciente de la representación y del inconsciente de la narratividad, para decirlo con Didi-Huberman. Por eso creo que “memoria” y “trabajos de la memoria” (la figura de Jelin) son antónimos: en la segunda fórmula, y seguramente por su procedencia freudiana (el trabajo del sueño) el acento está puesto en la irrupción del proceso, es decir en eso que la memoria como imaginario, como cultura y como sentido deja fuera de sí para constituirse en lo disponible cristalizado.
En segundo lugar, y respecto del estado de los estudios literarios en el campo universitario (que ahora llamamos “académico”), yo propondría recuperar un vínculo libre y heterodoxo pero muy intenso con la filosofía, con el psicoanálisis, con eso que antes llamábamos teoría literaria y cultural en un sentido amplio. Con lo que yo llamaría el pensar escrito o circulante. Seguir releyendo a Benjamin. Leer y releer a Susan Sontag. Recuperar a Raymond Williams de la lectura sociologizante que lo convirtió en un comunicólogo y en un portaestandarte del anatema contra el arte (o que lo mantuvo bajo sospecha porque no pasaba con buenas calificaciones el test ideológico post). Williams no fue sólo el crítico historicista que advirtió: “literatura” es una compartimentación burguesa del múltiple acto de escribir, operada en un momento situable debido a intereses precisos. Williams fue a la vez, en los mismos libros en que afirmaba eso, el que insistió en que la literatura se contaba entre las experiencias de lo efectivamente vivido, disimétricas o ajenas a los patrones dominantes de lo decible y lo imaginable: “lo obscuramente incognocible”, algo que “siempre sobra” cuando se agota la tarea de trazar correspondencias entre una obra y sus contextos sociales. “No sé cuál es la palabra para nombrar eso”, dijo literalmente Williams al mismo tiempo que descartaba la que había usado hasta 1979, “estructuras del sentir”. Es muy llamativo que en el campo de la crítica literaria argentina se discuta casi nada con Alain Badiou, el último filósofo europeo continental clásico que ha escrito centenares de páginas sobre “la edad de los poetas”, sobre Pessoa, Beckett, Mallarmé, Rimbaud, Brecht, Sartre y tantos otros. Jacques Rancière está de moda, pero casi nadie en la Argentina parece haber leído el libro que dedicó enteramente a la literatura, La parole muette. Essai sur les contradictions de la littérature. Eso por poner algunos pocos ejemplos.
Finalmente, diría que el modo de implicarse con todo ese trabajo que acabo de proponer está en lo que llamaría, copiando una figura que le escuché a Horacio González, “convivencia de estilos”. Esa fórmula significa para mí: dimensión colectiva del trabajo crítico; y antisectarismo retórico, teórico-metodológico y corporativo. Porque lo que importa no es cuál sea el “modelo teórico”, la procedencia “disciplinaria” de un trabajo crítico, ni sus elecciones retóricas ni de estilo. Lo que importa es algo así como eso que antes llamábamos la verdad. Lo único que importa, finalmente, es la verdad que prefiramos o que adoptemos, discutiendo para eso sin sectarismo monóglota, es decir discutiendo en todas las lenguas críticas, teóricas o filosóficas de que dispongamos o que se nos presenten.
Jornadas sobre “Espacios, lugares y marcas territoriales”
Por Daniel Badenes y Luciana Messina
Del 13 al 15 de mayo se realizaron en el IDES las Jornadas "Espacios, lugares, marcas territoriales de la violencia política y la represión estatal”, organizadas por el grupo de trabajo que lleva el mismo nombre y funciona en el marco del Núcleo de Estudios sobre Memoria.
La actividad tuvo como objetivos explorar el estado actual de los estudios sobre esa temática y generar un espacio de intercambio que reuniera a los investigadores que están reflexionando sobre los emprendimientos de memoria generados en torno a lugares de detención clandestina y otros sitios de recordación.
En la conferencia inaugural, el artista alemán Horst Hoheisel ofreció un recorrido sobre sus obras más importantes y planteó como disparador del debate que “todos los monumentos son falsos”, en tanto dicen más sobre nuestro tiempo y la situación política presente que sobre la historia que conmemoran. Asimismo, destacó la importancia de la recepción que el público hace de las marcas y los monumentos, pues “la memoria funciona en la cabeza y no en el mármol o el bronce”.
La experiencia de Hoheisel en torno a la idea de “contramonumentos” y “espacios vacíos” introdujo uno de los tópicos abordados en las jornadas: cómo representar el horror y cómo construir espacios para la transmisión de memorias. Además aportó reflexiones sobre casos argentinos como el “Parque de la Memoria”. A lo largo de todo el encuentro académico, varios investigadores plantearon comparaciones entre experiencias extranjeras –entre ellas, el Museo de Auschwitz– y el proceso argentino, como así también contrapuntos entre casos locales. Los referentes empíricos de los investigadores incluían desde procesos de recuperación de espacios cargados de sentido por haber sido centros de exterminio, hasta proyectos de transmisión basados en la itinerancia. Y no sólo se vinculan a la evocación de las dictaduras del Cono Sur del último cuarto del siglo XX: también refirieron a las marcas urbanas de hechos históricos como el bombardeo de la Plaza de Mayo en 1955, entre otros.
Los trabajos presentados, organizados en cinco mesas temáticas que contaron con el aporte de comentaristas invitados, delinearon problemas y ejes de análisis sobre las características de esos espacios y marcas urbanas, las narrativas que se plantean en ellos, el modo en que son apropiados y reapropiados por diversos actores, el rol del Estado, entre otros temas.
Surgió la necesidad de discutir los sentidos del concepto de “políticas de memoria”, que en algunas ponencias apareció circunscrito a la gestión estatal y en otros, extendido a la agencia de distintos actores que participan de las disputas sociales por la memoria. En términos de definiciones, también se requirió distinguir y precisar los conceptos de “lugar”, “espacio” y “territorio”.
Al analizar los emprendimientos de memoria encarados sobre distintos espacios, se desarrolló un debate entre la creación sitios de recordación “artificiales” y el uso de lugares “auténticos” de la represión, con los problemas que esa “literalidad” puede implicar. En otros trabajos se puso en cuestión el carácter “sagrado” adjudicado a esos lugares.
El uso “turístico” de ciertos sitios de memoria fue otro eje de problematización. En ese plano, una ponencia se abocó específicamente a reflexionar sobre la actividad simbólicamente productiva que realiza el turista, pocas veces atendida desde estudios sociales que sólo mencionan lo turístico en términos peyorativos.
Otros trabajos enfocaron la relación de esos lugares con la vida cotidiana y el papel de los vecinos en su construcción. Esto requirió, por otra parte, problematizar las nociones de “adentro” y “afuera” de esos sitios, como así también el concepto de “vecino” y su utilidad para pensar estos procesos.
La intensa actividad de intercambio académico contó con la participación de investigadores de las universidades de Princeton y Maryland, la Universidad Libre de Berlín, la Universidad de la República de Uruguay, la Universidad de Chile y la Universidad Alberto Hurtado de Chile, como también de las universidades nacionales de Buenos Aires, Lanús, General Sarmiento, La Plata y Rosario, la Universidad Di Tella, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y, por supuesto, del Núcleo Memoria del IDES.
También hubo participantes de los equipos que trabajaron en la “recuperación” y organización de “espacios para la memoria” en los ex centros clandestinos de “La Perla” (Córdoba) y “El Olimpo” (Provincia de Buenos Aires), y de la organización no gubernamental “Memoria abierta”, que en el marco de las jornadas presentó el libro “Memorias en la ciudad. Señales del terrorismo de Estado en Buenos Aires", realizado desde su Programa Topografía de la memoria y editado por Eudeba.
Por último, en el panel de cierre, integrado por Inés Dussel, Elizabeth Jelin y Catalina Smulovitz, volvió a quedar manifiesta la proliferación de intentos sociales de marcar el espacio con fines memoriales. En ese marco, se plantearon preguntas sobre la pedagogía de los lugares y la intención –así como la imposibilidad– de “controlar” los efectos de las marcas. También se volvió sobre los agentes de esos emprendimientos, al analizar la disputa por la legitimidad de la voz entre quienes deciden el destino de los sitios.
Las jornadas fueron exitosas en cuanto a la convocatoria, la calidad de las exposiciones y la participación de los asistentes. Los aportes serán retomados por el grupo de trabajo “Espacios, lugares, marcas territoriales de la violencia política y la represión estatal”, coordinado por Claudia Feld y Emilio Crenzel, que funciona en el marco del PICT “Memorias y elaboración del pasado reciente en Argentina. Archivos, museos, imágenes y testimonios de la violencia política y la represión estatal”, con financiamiento de la Agencia Nacional para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva.
Reflexiones en torno a una intervención sobre los museos de Auschwitz-Birkenau y Gross Rosen
Por Nadia Tahir (1)
En abril del año 2008 fui a visitar los campos de concentración nazis de Auschwitz-Birkenau y de Gross Rosen en Polonia (2). Tras estas visitas, durante las cuales tomé un gran número de fotos, se me propuso hablar de ello en la Argentina. Los públicos fueron diferentes. Primero hablé en Buenos Aires ante un grupo de investigadores que trabajan sobre lugares de memoria. Después tuve ocasión de hablar delante de miembros de la comisión de “recuperación” del centro clandestino de detención La Perla en Córdoba, ante guías de la ex Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) y con un grupo de personas que trabaja en El Olimpo en Buenos Aires (3).
En todas estas ocasiones, el tono fue bastante distendido y mi intervención tomó enseguida la forma de una charla, de un diálogo, en el que se me interrumpía con regularidad para hacerme preguntas o para comentar las fotos.
La breve reflexión que presento aquí es un conjunto de ideas que surgieron tras estas charlas y que no habían surgido antes en conversaciones sobre estas visitas en Francia.
Todas las charlas empezaron con datos personales. Siempre me pareció importante subrayar el hecho de que era francesa y que durante mi escolaridad la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración nazis habían sido temas ampliamente abordados. Asímismo, señalaba que mi visita a los campos de Auschwitz-Birkenau y de Gross Rosen se hacía con una perspectiva comparativa, ya que mi primer encuentro con este tipo de lugares fue la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Buenos Aires en septiembre de 2006. Podría decirse que mi recorrido se hizo al revés (4) y de hecho fue esa primera experiencia en la Argentina lo que me llevó a visitar estos otros campos. Tras visitar un lugar en el que todo quedaba por hacer (la ESMA), me interesaba saber las opciones planteadas en los campos de concentración nazi. Al empezar las charlas evocando estos cuestionamientos y realidades personales, estaba segura de que las reacciones girarían en torno a mi doble condición: la de persona educada en Francia y la de investigadora. Sin embargo no fue siempre así y los investigadores fueron los que más tuvieron en cuenta este dato. Fueron los que más preguntaron sobre las opciones museográficas adoptadas en estos dos lugares, los que más intentaron analizar el conjunto de elementos que representaban la historia de recuperación del lugar y el discurso de la guía o del material didáctico que se proponía en los lugares (folletos, libros, videos, etc.)
En Córdoba, dónde el público estaba constituido esencialmente por miembros de asociaciones de derechos humanos, familiares de desaparecidos y sobrevivientes, se me pedía que relatara lo que había experimentado yo, como persona, como francesa. Se trataba de saber cómo había reaccionado ante tal panel, tal cristalera, tal comentario del guía. Daba la impresión clara de que estaban viendo en qué medida tal o cual elemento podía ser pertinente en el centro clandestino de La Perla. Al analizar mis comentarios, al hacerme preguntas sobre mis reacciones, trataban de ver lo que podían aportar a las ideas que cada uno tenía para este ex centro clandestino.
Aunque no en la misma medida, esta fue la visión que adoptaron los guías de la ex ESMA y las personas que trabajan en los distintos sectores a cargo del ex Olimpo en Buenos Aires. A diferencia de lo ocurrido en el caso de La Perla en Córdoba, cuando di estas charlas en noviembre del año 2008, la ESMA y el Olimpo ya estaban abiertos al público. Entonces, las personas con las que hablaba durante las charlas ya estaban confrontadas a visitantes. La charla que di aportaba elementos de reflexión para una proyección futura de lo que podrían ser estos lugares. De hecho lo que se ha hecho con el campo de Gross Rosen-un campo completamente destrozado tras la huída de los nazis y la llegada de los soviéticos- suscitaba más interés ya que es un lugar en el que apenas quedaron rastros de la existencia del campo. Cuando preparaba mi intervención ya me imaginaba que las opciones museográficas de este lugar iban a ser analizadas con más detenimiento ya que los casos son más parecidos. Sin embargo, lo que no intuía era que las diferencias con un campo como Auschwitz-Birkenau -del que los nazis salieron con apuro (5)- iban a ser tan significativas.
Al no tener un número de páginas ilimitadas, sólo quisiera evocar una cuestión de particular interés en la Argentina y que probablemente yo no hubiese notado de no ser por estas charlas. El recorrido que hice en el campo de Auschwitz-Birkenau fue el recorrido seleccionado por el guía del grupo en el que estuve. El predio del campo es tan grande que queda claro que no vi el conjunto del campo, ni siquiera vi todos los bloques. Lo que sí puedo señalar es que los lugares que visitamos parecen ser los lugares propios de un recorrido básico del campo, ya que son todos lugares explicados en el folleto destinado a las personas que entran en el predio sin guía (6). Tras dar estas indicaciones, hay un elemento que no me chocó durante mi visita, pero que se puso en evidencia tras las charlas que di en la Argentina: la casi ausencia de “personas” en el campo de Auschwitz-Birkenau.
Durante toda la visita apenas surgen nombres de personas que estuvieron en el campo. Que sean víctimas o represores, apenas surgen algunos nombres y siempre brevemente. Se evoca al doctor Mengele (7) en algún momento, y aparece la figura de un cura polaco (8). Puntualmente aparecen fotos de personas deportadas, pero siempre dentro de un conjunto de fotos. Los monumentos están dedicados a todas las víctimas del campo o a todas las víctimas de una nacionalidad o de una confesión específica. La magnitud del horror en Auschwitz-Birkenau puede ser un elemento para entender esto (9). Sin embargo si a estos datos, uno añade el discurso del guía es extraño ver que el horror en Auschwitz-Birkenau parece estar algo deshumanizado. En efecto el guía insiste mucho sobre la cotidianeidad en el campo. Las condiciones espantosas en las que “vivían” los deportados, el horror del viaje en el tren, la solución final, etc. Se trata aparentemente de reflejar el horror del campo, sin embargo el guía nunca evoca un testimonio preciso, siempre son generalidades sobre esta vida cotidiana, no hay anécdotas. Cuando visité el campo, otras cosas me chocaron, pero ésta no. Ni tampoco la ausencia completa de contextualización histórica en su discurso. Los paneles en las diferentes salas evocan fechas, acontecimientos históricos. Pero el guía no. Este mismo elemento surgió durante las charlas en la Argentina, pero lo peculiar es que a mí no me chocó en su momento.
Quizás aquí conviene volver a lo que he señalado al principio de las charlas y al principio de este texto: soy francesa y la Segunda Guerra Mundial, el holocausto y los campos de concentración son elementos muy presentes en nuestra educación escolar y en nuestra sociedad (10). Al escuchar al guía en Auschwitz-Birkenau, resurgían todos los elementos históricos que yo conocía (11). Y lo más extraño es que este parecía ser también el caso de los otros miembros del grupo con el que visité el campo. Nadie hizo preguntas sobre el contexto histórico. Puede que todos, en sus países respectivos, hayan estudiado en la escuela los datos esenciales de la Segunda Guerra Mundial. Pero uno puede preguntarse si, al fin y al cabo, el relato de este guía no es el reflejo de una evocación permanente de los campos nazis: un acontecimiento aparte.
Aquí quizás la que habla es más la persona educada en Francia y no la investigadora, pero tras estas charlas, me di cada vez más cuenta de lo que parece ser una tendencia natural en mi país, y por lo visto en otros: evocar los campos de concentración nazis al margen de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, no hablo de la investigación científica sobre el tema, sino de las representaciones en la sociedad civil, en los imaginarios nacionales. Así es como quisiera añadir una última anécdota. En mi entorno, oigo cada vez más relatos de profesores de historia de secundaria que comprueban el desinterés de algunos niños por el holocausto. A veces incluso llega al punto de que surjan comentarios antisemitas. No sé si es un fenómeno general o muy puntual, pero cabría preguntarse ¿cómo se llegó a eso?
No sé si estas charlas aportaron elementos significativos a las investigaciones, a las reflexiones o la labor cotidiana de las personas ante las cuales hablé. Sin embargo, creo que permitieron comprobar que el análisis de lo que se ha hecho con los campos de concentración nazis puede ser de gran interés en la Argentina. Con esto no quiero decir que las opciones adoptadas en Polonia o en otros países europeos tengan que ser retomadas tal cual, sino que la distancia en el tiempo puede ayudar a que en la Argentina las personas que contribuyen a la “recuperación” de los centros clandestinos de detención se puedan proyectar en un futuro.
Referencias
1 - Universidad París IV-Sorbonne
2 - Los dos son campos de concentración nazis en Polonia. Auschwitz-Birkenau funcionó entre junio de 1940 y enero de 1945. Gross Rosen funcionó entre agosto de 1940 y febrero de 1945. En la actualidad los dos pueden ser visitados: http://en.auschwitz.org.pl/m/, http://www.gross-rosen.pl/eng/showpage.php
3 - Estas charlas fueron dadas entre agosto y noviembre del año 2008.
4 - Soy doctoranda y trabajo sobre grupos de derechos humanos en la Argentina. Centro mi estudio en las relaciones que algunas de estas asociaciones mantienen entre sí y para con los gobiernos constitucionales desde 1983. Mi interés por los lugares de memoria surgió a raíz del aporte de estas asociaciones a las comisiones de “recuperación” de centros clandestinos de detención en la Argentina. No es una temática que incluya detalladamente en mi trabajo. Sin embargo durante mi primer trabajo de campo en Buenos Aires, tuve ocasión de visitar la ESMA. Así es como después fui al Museo de la Memoria en Rosario y a Mansión Seré en Morón, Provincia de Buenos Aires.
5 - Al huir con apuro del lugar, los nazis no tuvieron tiempo de destrozar por completo el campo. Quedaron muchos elementos- bloques en los que se alojaban a los deportados o la administración del campo, ropa, restos humanos, etc.- que sirvieron para la “recuperación” del lugar y que hoy están expuestos o sirven para las exposiciones.
6 - La entrada al campo de Auschwitz-Birkenau es gratis. Sólo se paga la visita guiada. Las personas que no desean ir con un guía, pueden comprar por una suma muy pequeña un folleto en el que se encuentran unas explicaciones sobre algunos lugares del campo, su funcionamiento y una contextualización histórica.
7 - Josef Mengele era un doctor nazi que, entre otras cosas, en Auschwitz-Birkenau hizo experiencias sobre niños.
8 - Maximillian Kolbe, cura polaco muerto al dar su vida por otro hombre. Fue canonizado por el papa Juan Pablo Segundo.
9 - 1.100.000 de judíos perecieron, 150.000 polacos, 23.000 gitanos y 15.000 presos soviéticos. Para más datos sobre el campo de Auschwitz-Birkenau y su museificación: Annette Wieviorka, Auschwitz-La mémoire d’un lieu, Paris, Hachette, 2006
10 - Conviene señalar que en los años 1990, cuando cursaba la secundaria, hubo un resurgir de las temáticas ligadas al holocausto. La presencia de imágenes del genocidio judío en los medios de comunicación empezó a formar parte del cotidiano en Francia, así como las conmemoraciones.
11 - Durante mi escolaridad vi películas como Noche y Niebla de Alain Resnais, La lista de Schindler de Steven Spielberg. Con 12 años, la profesora de historia nos llevó al memorial de Caen en las playas de Normandía a las que llegaron los estadounidenses en junio de 1944. Con regularidad, estudiábamos obras en que la trama se desarrollaba durante la Segunda Guerra Mundial, incluso dentro de los campos de concentración.
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