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Vínculos entre ecologismo y feminismo
Tejer la vida en verde y violeta

Ecologistas en Acción
Rebelion - 2 de octubre de 2009

“Entre matar y morir
existe una tercera vía: la vida”
Pancarta de Mujeres de Negro

“Las Madres y Abuelas de Mayo demostraron a los que desprecian
las tareas domésticas que preparar croquetas y zurcir calcetines
para los hijos durante años y años es también una buena manera
de entrenarse para combatir contra una dictadura feroz.
La ampliación del ámbito de su lucha desde las cocinas de sus hogares
y la expansión de su conciencia social y su actividad militante
más allá de las fronteras de su país confirma el paso natural
del cuidado de los cuerpos al cuidado del mundo que llamamos política.”

Santiago Alba Rico

En la década de los 70 un grupo de mujeres se abrazaron a los árboles de los bosques de Garhwal en los Himalayas indios. Intentaban defenderlos de las modernas prácticas forestales de una empresa privada. Las mujeres sabían que la defensa de los bosques comunales de robles y rododendros de Garhwal era imprescindible para resistir a las multinacionales extranjeras que amenazaban su forma de vida. Para ellas, el bosque era mucho más que miles de metros cúbicos de madera. El bosque era la leña para calentarse y cocinar, el forraje para sus animales, el material para las camas del ganado, la sombra… El abrazo de las mujeres Chipko a los árboles (chipko significa abrazo en su lengua) era el abrazo a la vida.

En esta misma década, en 1977, un grupo de unas 14 mujeres se organizaba en Buenos Aires. Madres de personas desaparecidas convirtieron en público su dolor privado. Durante décadas, las Madres de la Plaza de Mayo representaron un ritual semanal de resistencia basado en el papel que la ideología patriarcal, tan funcional a la dictadura militar, había asignado a las mujeres. Ellas asumieron este discurso para darle la vuelta y convertirlo en arma política. Desde su papel de madres convirtieron su pérdida personal en política y resistieron, invirtiendo las formas tradicionales de activismo social y político, frente a la durísima represión y violencia militar. El eje central de las políticas de las Madres era la defensa de la vida y el derecho al amor.

El movimiento Chipko y las Madres de Mayo son dos de los muchos ejemplos de la actividad social y política de las mujeres centrada en el mantenimiento de la vida. Esta centralidad en la vida crea un espacio de encuentro y de diálogo entre el ecologismo y el feminismo que alumbra interesantes propuestas para la transformación social.
Por ello, en este cuaderno vamos a analizar los paralelismos que existen entre el origen de la subordinación de mujeres y de naturaleza en la cultura occidental, los problemas que ha generado esta situación de dominación y la propuesta de transformación social que supone la sinergia y el diálogo entre el feminismo y el ecologismo.

El pensamiento occidental subordina a las mujeres y a la naturaleza

El modo de comprender lo que nos rodea tiene fuertes implicaciones en las formas de intervenir sobre esa realidad. La filosofía que alimenta nuestra cultura es una herramienta que sustenta la supremacía del hombre y la subordinación de las mujeres y de la naturaleza.

La génesis del modelo de pensamiento occidental, hunde sus raíces en la Modernidad, un periodo largo y complejo que abarca varios siglos. La Modernidad no tiene una fecha clara de inicio, aunque muchas personas señalan 1637, año en el que Descartes publicó el Discurso del Método, como momento de arranque. Se trata de una época plagada de avances, en la que se consigue desvincular el desarrollo del pensamiento del poder religioso, o en la que el concepto de ciudadanía (masculina) se abre paso, etc. Pero durante este período también se sentaron las bases de los actuales modelos de pensamiento que han conducido a vivir de espaldas a la naturaleza. Se crearon las concepciones sobre el mundo y el progreso que aún hoy se mantienen, se estableció el modo de relación entre los seres humanos y su entorno, y se creo un sistema tecnocientífico que creció sin considerar límites y a unas velocidades incompatibles con los procesos de la Biosfera que sostienen la vida.

La revolución científica e ideológica que instaura la Modernidad se consolida en el período ilustrado que culmina en la segunda mitad del siglo XVIII. En este momento se afianza la cultura occidental como visión generalizada del mundo y se da la concurrencia de dos fenómenos muy significativos: por un lado, la aparición de los ideales de la Ilustración, basados en la libertad intelectual y el conocimiento emancipado de la Iglesia; y por otro el surgimiento del mercantilismo y de la revolución industrial. Tristemente en los siglos que vendrían después, el mercantilismo y las consecuencias de la revolución industrial han primado, haciendo de la libertad intelectual y de una gran parte del conocimiento desarrollado, instrumentos a su servicio.

El sistema de pensamiento patriarcal presenta tres rasgos esenciales: su estructura binaria, su carácter jerárquico y su pretensión de universalidad. En efecto, la estructura de pensamiento se basa en una serie de dualismos que dividen la realidad en pares de opuestos (cultura/naturaleza, mente/cuerpo, razón/emoción, conocimiento científico/saber tradicional, público/privado, hombre/mujer, autonomía/dependencia, etc.). La relación entre estos pretendidos opuestos no considera espacios intermedios, interacciones mutuas o dobles causalidades. Por tanto, en esta forma de pensamiento, la afirmación siempre requiere de la negación de lo diferente. En segundo lugar, tal y como decíamos, se sostiene que esta estructura binaria tiene carácter jerárquico y, en cada par, un término encarna la normatividad y normalidad frente al opuesto que representa la anormalidad o “lo otro”.

Por último, el término que usurpa la normatividad o la normalidad se erige en universal, se convierte en “lo único”. Así, se invisibiliza la existencia de “lo otro” que deja de constituir una parte de la realidad para pasar a ser una excepción o ausencia de lo normativo. Cada par de pretendidos opuestos, en los que la relación es jerárquica y el término normativo encarna la universalidad, se denomina dicotomía. Unas con otras se encabalgan estableciendo paralelismos entre ellas. Así pues, en las dicotomías mencionadas anteriormente, las mujeres quedarían del lado de la naturaleza, del cuerpo, de la materia, de las emociones, del saber tradicional, de la experiencia, del objeto, de lo dependiente, de lo privado... rasgos considerados femeninos frente a sus opuestos considerados masculinos. En Occidente, después de la Ilustración, esto ha significado que el hombre blanco, burgués, heterosexual, sin discapacidades, etc. ha asumido el papel de sujeto universal con respecto al cual, el resto de grupos sociales aparecen como desviaciones.

La cultura del occidente ilustrado ha construido el concepto de progreso sobre la base de la superación y progresivo alejamiento de la naturaleza y de la adquisición de la capacidad de los seres humanos para ser independientes de ella a través de la ciencia y la tecnología.

En modo de pensamiento patriarcal que subyace a la ciencia moderna, el par cultura/naturaleza se encabalga de forma clave con el par masculino/femenino. Naturaleza y mujer se asocian con lo irracional y por tanto, con aquello que necesita ser domesticado y controlado. A partir de ahí, se justifica ideológicamente el dominio y la explotación de la naturaleza y de las mujeres a favor del hombre y los valores masculinos y, más aún la invisibilidad de ambas en el relato que los hombres hacen de la realidad.

La invisibilidad se intensifica a causa del mercado

El modelo de pensamiento científico que se gesta durante la Modernidad y la Ilustración y que sirve de base para la revolución industrial se concreta en el terreno económico en la consolidación de la economía de mercado. El capitalismo y su modo de producción se perciben como un estadio de civilización superior porque emancipa a las sociedades de los intercambios inmediatos y orgánicos con la naturaleza y promete un crecimiento y, por tanto desde su óptica, un progreso que no tiene límites.

La economía de mercado sitúa precisamente el mercado como epicentro de la realidad, como patrón que define lo valioso, lo importante, lo central. Por tanto, todo aquello que no entre al juego del mercado no forma parte del mundo de lo económico y, por eso, en un mundo centrado en los mercados, se convierte en secundario, intrascendente y en el límite invisible.

Una vez que se ha asumido el dinero como única medida del valor, la cultura capitalista valora los objetos en función de su traducción monetaria. Un claro ejemplo lo tenemos en el indicador por excelencia de la riqueza: el Producto Interior Bruto, que contabiliza los intercambios monetarios como riqueza provengan de donde provengan. Así, por ejemplo, podemos observar cómo la catástrofe del Prestige, o la guerra de Iraq, hicieron subir el Producto Interior Bruto de algunos países y los indicadores de los mercados bursátiles. En efecto, la contratación de barcos de limpieza, la compra de mascarillas o la venta de armas, produce intercambios monetarios que son contabilizados para calcular el PIB.

Sin embargo, la paz, el aire limpio, los trabajos asociados a los cuidados de las personas mayores y de los niños y niñas que desempeñan las mujeres, el callado trabajo de la fotosíntesis que realizan las plantas o los servicios del regulación del clima que realiza la Naturaleza, siendo imprescindibles para el mantenimiento la vida, son gratis y no cuentan en ningún balance de resultados de nuestro modelo económico.

Este criterio de asignación del valor ha influido en la consideración de lo que es o no es trabajo, y constituye, por tanto, un elemento básico en la construcción de los roles de género en Occidente, y también en el resto del mundo en el marco de la globalización económica y cultural.

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