El trabajo escondido
Tal y como planteaba Adam Smith, uno de los padres de la economía capitalista, si en el mercado operaban los agentes económicos racionales libremente, sin restricciones, a partir de la suma de los egoísmos e individualidades de estos agentes económicos, se conseguía el bien común. La famosa mano invisible del mercado conseguía transformar los millones de egoísmos individuales en el máximo bienestar común. La fuerza de trabajo de las personas se convierte en una mercancía que se compra y se vende en el mercado de trabajo. Se consideraba que el verdadero trabajo, la verdadera producción, era el trabajo asalariado de los hombres.
Por el contrario, muchos de los trabajos que históricamente han venido desarrollando las mujeres y la naturaleza no tienen valor monetario ni pueden tenerlo. Muchos trabajos imprescindibles para la vida (parir, alimentar, cuidar, sanar, mejorar semillas y plantas, buscar leña, conseguir agua, mantener la limpieza, enseñar el lenguaje, apoyar emocionalmente, atender, escuchar y animar a personas ancianas, asistir a personas con discapacidad o diversidad funcional, gestionar el presupuesto y los recursos de la casa en el corto y largo plazo, etc.) no son pagados y por tanto no figuran en ninguna cuenta de resultados, son invisibles.
La mitad de la humanidad, las mujeres, han venido realizando históricamente las labores asociadas a la reproducción y los cuidados de los seres humanos, pero para el capital, el valor de los cuidados, de la armonía vital, de la reproducción y de la alimentación, del cuidado de las personas mayores o dependientes, es algo pasivo, que no cuenta en el mercado porque no produce valor en términos económicos. La propia definición de población activa explica ésta como aquella parte de la población que trabaja para el mercado y no incluye a estudiantes, amas de casa u otros colectivos que no realizan trabajo remunerado. Según esta definición, por ejemplo una persona en edad legal de trabajar que lleva a cabo tareas domésticas, cuida de dos hijos en su casa y no recibe remuneración salarial, está inactiva.
Algo similar sucede con los trabajos que realiza la Naturaleza. La fotosíntesis, el ciclo del carbono, el ciclo del agua, la regeneración de la capa de ozono, la regulación del clima, la creación de biomasa, los vientos o los rayos del sol son gratis y, aunque son imprescindibles para vivir, no pueden ser contabilizados y al no traducirse en dinero, también son invisibles para el mercado.
La vida, y la actividad económica como parte de ella, no es posible sin los bienes y servicios que presta el planeta (bienes limitados y en progresivo deterioro) y sin los trabajos de las mujeres, a las que se delega la responsabilidad de traer cada día al mercado a los agentes económicos alimentados, limpios y descansados. La organización social se ha estructurado en torno a los mercados como epicentro, mientras la cotidiana, crucial y difícil responsabilidad de mantener la vida reside en la esfera de lo gratuito, de lo invisible, en el espacio de las mujeres y de la naturaleza. La lucha por la visibilidad de ambas puede reforzarse mutuamente en una lucha común.
La acumulación contra la sostenibilidad
El dinero como medida del valor permite la acumulación. En los mercados capitalistas, la obligación de acumular determina las decisiones que se toman sobre cómo estructurar los tiempos, los espacios, las instituciones legales, el qué se produce y cuánto se produce. En la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas, sino lo que da beneficios y, si es necesario, se crea la necesidad previamente a través de la poderosa maquinaria del marketing y los medios de difusión. Por ello, en nuestra sociedad da igual producir cebollas o armamento con tal de que den beneficios.
Desde el punto de vista de la sostenibilidad, la economía debe ser el proceso de satisfacción de las necesidades, de mantenimiento de la vida. Si prima la lógica de la acumulación y la obtención de beneficios monetarios, mantener la vida y cuidar a las personas no son la prioridad de la economía. El cuidado de la vida humana pasa a ser una responsabilidad que se delega a los hogares y, dado el orden de cosas, mayoritariamente en las mujeres. Ni los mercados, ni el estado, ni los hombres como colectivo se sienten responsables del mantenimiento último de la vida. Son la mujeres, organizadas en torno a redes femeninas en los hogares más o menos extensos (abuelas, madres, tías, hermanas, etc.), las que responden y las que finalmente actúan como reajuste del sistema. Ellas son el colchón del sistema económico, frente a todos los cambios en el sector público o privado, ellas reajustan los trabajos no remunerados para seguir garantizando la satisfacción de las necesidades y la supervivencia de la especie. Incluso en muchas culturas rurales llevan el peso central en los trabajos de abastecimiento.
Las consecuencias de la invisibilidad: crisis ambiental y crisis de los cuidados
Cuando algo es invisible, no puede verse su destrucción. La invisibilidad de la dependencia de las sociedades humanas de las producciones de las mujeres y de la naturaleza, claramente funcional a los mercados, ha conducido a lo que son los dos mayores problemas que afrontan los seres humanos: la crisis ambiental y la crisis de los cuidados.
La crisis ambiental
El planeta Tierra es un sistema cerrado. Eso significa que la única aportación externa es la energía solar (y algún material proporcionado por los meteoritos, tan escaso, que se puede considerar despreciable).
Hace ya más de 30 años, el conocido informe Meadows, publicado por el Club de Roma, constataba la evidente inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos. Alertaba de que si no se revertía la tendencia al crecimiento en el uso de bienes naturales, en la contaminación de aguas, tierra y aire, en la degradación de los ecosistemas y en el incremento demográfico, se incurría en el riesgo de llegar a superar los límites del planeta, ya que el crecimiento continuado y exponencial sólo podía darse en el mundo físico de modo transitorio.
Más de 30 años después, la humanidad no se encuentra en riesgo de superar los límites, sino que los ha sobrepasado y se estima que aproximadamente las dos terceras partes de los servicios de la naturaleza se están destruyendo ya.
El fin de la era del petróleo barato está a la vista. Cada vez se va agrandando más la brecha entre una demanda creciente y unas reservas que se agotan y cuya dificultad de extracción aumenta. Hoy día, no existen alternativas energéticas que puedan mantener la demanda actual y mucho menos su tendencia al crecimiento. Las guerras por el petróleo y las fuentes de energía fósil no han hecho más que comenzar.
El cambio climático, provocado por el aumento descontrolado de la emisión de gases de efecto invernadero, incrementa las alteraciones y perturbaciones catastróficas. Estos gases son vertidos a la atmósfera sobre todo por los diversos artefactos creados para el transporte de personas y mercancías, así como por la desregulada actividad industrial de empresas. Las inundaciones, sequías, alteraciones en los ritmos de las cosechas, en la polinización, en la reproducción de multitud de especies vegetales y animales, el derretimiento de los casquetes polares, el aumento de huracanes, tempestades y alteración de los vientos del planeta son parte de los efectos de haber lanzado a la atmósfera en las últimas décadas una gran parte del carbono que el planeta almacenó durante cientos de miles de años.
El ciclo del agua se ha roto y el sistema de renovación hídrica que ha funcionado durante miles de años, no da abasto para renovar agua al ritmo que se consume. La sequía en muchos lugares ha pasado a ser un problema estructural y no una coyuntura de un año de escasas precipitaciones. El control de los recursos hídricos se perfila como una de las futuras fuentes de conflictos bélicos, si no lo es ya.
El panorama de deterioro se completa si añadimos los riesgos que suponen la proliferación de la industria nuclear, la comercialización de miles de nuevos productos químicos no testados cada año, sin que se apliquen las más mínimas normas de precaución, la liberación de organismos genéticamente modificados cuyos efectos son absolutamente imprevisibles, o la experimentación sin control social en biotecnología y nanotecnología que nadie sabe dónde puede llevar.
Los efectos de la crisis ambiental afectan en mayor medida a los países empobrecidos. De no actuar radicalmente, la degradación de los servicios de la Naturaleza empeorará durante la primera mitad del presente siglo haciendo imposible la reducción de la pobreza, la mejora de la salud y el acceso a los servicios básicos para una buena parte de la humanidad.
El hecho cada vez más consciente de que la actual sociedad de sobreconsumo es incompatible con la posibilidad de mantener las condiciones que posibilitan la vida a los seres humanos es lo que se ha dado en llamar crisis ambiental.
La crisis de los cuidados
Una vez conquistados los derechos (hablamos de los países ricos) de acceder a los mercados de trabajo remunerados, las mujeres se introducen masivamente en el mercado laboral. La posibilidad de que las mujeres sean sujetos políticos de derecho se percibe como algo vinculado no sólo a la consecución de la igualdad ante la ley, sino también a la consecución de independencia económica a través del empleo. El trabajo doméstico pasa a verse como una atadura del pasado de la que hay que huir lo más rápidamente posible. Sin embargo no es un trabajo que pueda dejar de hacerse: comer, habitar con una mínima higiene, vestirnos, cuidar a los niños, a los enfermos, a las personas dependientes, mayores o no mayores, hablar con los profesores, hacer la compra, llevar la contabilidad de la casa, continúa siendo una tarea imprescindible cargada de emociones, de sentimientos, cuya falta de atención lastra a las mujeres con un fuerte sentimiento de culpa.
Lo que sucede, es que una vez dentro de la rueda del empleo remunerado, las mujeres mayoritariamente asumen una doble tarea. La construcción de la identidad política y pública de las mujeres se realiza a partir de la copia del modelo de los hombres, sin que estos asuman equitativamente su parte del trabajo de cuidar. De este modo, una mujer que quiere mantener un empleo tiene que tener una mínima infraestructura que la sustituya en sus tareas del hogar durante su jornada, además de la parte de estas tareas que ella misma realizará después de su jornada laboral.
La dedicación de los tiempos al mercado ha supuesto una quiebra de la antigua estructura de los cuidados, de la reciprocidad que garantizaba que las personas cuidadas en la infancia eran cuidadoras de la ancianidad. Hasta hace poco, la mujer, en sus diferentes roles de hija-esposa-madre era cuidada o cuidadora en los diferentes momentos del ciclo vital. No así el hombre, que participando del mercado laboral recibía cuidados a lo largo de toda la vida (infancia, edad adulta, vejez, etc.) sin considerarse responsable de cuidar.
Ahora los tiempos son para el mercado y las personas dependientes cada vez tienen más dificultades para que sus necesidades sean atendidas. Esta situación se produce, además, en un momento de crisis del estado de bienestar de los países enriquecidos, en el que se desmantelan o privatizan los servicios públicos que daban cierto apoyo a esas tareas de los cuidados.
En el marco de la globalización, cada vez se precarizan más los empleos asociados a los cuidados, cuyo negocio sigue la misma lógica del beneficio del resto de negocios. Se generan así mercados de servicios para las mujeres que pueden pagarlos y mercados de empleos precarios para mujeres más desfavorecidas.
Se crea así una cadena global de cuidados en la que las mujeres inmigrantes asumen como empleo el cuidado de la infancia, de las personas mayores y discapacitadas o la limpieza, alimentación y compañía, dejando al descubierto estas mismas funciones (nos referimos a cuidados tanto materiales como emocionales) en sus lugares de origen, en donde otras mujeres, abuelas, hermanas, etc. las asumen como pueden.
De este modo, de la misma forma que los países ricos se apropian de las materia primas, de la fuerza de trabajo remunerado y de los territorios de todo el mundo, ahora también sustraen sus afectos.
La quiebra del sistema que cada comunidad había adoptado para cuidarse o ser cuidados es lo que se denomina crisis de los cuidados. De nuevo se cumple la misma regla que en la crisis ambiental: los países empobrecidos pagan las carencias de los países ricos a pesar de que en los primeros las estructuras tradicionales de cuidados se mantienen en mayor medida.
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