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MARCOS ANA EN CHILE

 
El viernes 2 de mayo tuvo lugar en la sede la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) la presentación del libro "Decidme cómo es un árbol". Presentamos acá una entrevista realizada en un evento similar, hace unas semanas atrás en Valencia, España.
 
Alfons Garcia
Febrero de 2008

 
Marcos Ana no aparenta 88 años. "En realidad tengo 65. Los 23 de cárcel no los cuento", bromea. Entró en prisión con 19 y salió con 42. No había estado con ninguna mujer y su tardía iniciación sexual es uno de los episodios más emotivos de sus memorias (Decidme cómo es un árbol, editorial Umbriel). Sobrevivió a dos penas de muerte y a las torturas. La cárcel fue su universidad y los poemas que empezó a escribir entre rejas han llegado hasta Japón y son hoy símbolo de la lucha antifranquista. Su madre murió en una zanja, cerca del penal de Burgos, donde había ido para intentar verlo. Conversar con él representa el gozo de hablar con quien conoció de cerca a figuras clave del siglo que se fue: Neruda, Alberti, Miguel Hernández.
 
-¿Por qué ha esperado a los 88 años para contar sus años de guerra, cárcel y exilio?

-Neruda me dijo que lo que no se escribe no permanece, que hasta lo más humano se acaba mecanizando. Pero mi misión era otra, luchar mientras quedara un preso político. Ha sido ahora cuando he comprendido que mi vida está ya madura y que no tengo ningún derecho a que la juventud no conozca nuestra vida. Yo soy sólo un representante de mi generación, uno más de los miles que sufrieron.
 
-El que más años seguidos estuvo en prisión.

-Pero hasta cierto punto soy un privilegiado, porque luego viajé por todo el mundo y conocí a las personas más importantes. Otros se topaban con un terreno inhóspito al salir de la cárcel. He escrito el libro pensando en la inmensa mayoría de gente que no nos conoce y que tiene una imagen prefabricada, deformada y a veces infame de nosotros. Es un libro generoso, sin rencores ni odio.
 
-¿Se lamenta del trato recibido?

-Nos han presentado como asesinos, violadores, incendiarios.
 
-Usted sí que admite que hubo excesos republicanos al inicio de la guerra civil.

-La diferencia es que ésa no era la política de la República. Eran hechos incontrolados, que duraron tres o cuatro meses. En cambio, el avance de los sublevados dejó una carretera de cadáveres. Y después están 40 años matando. No aceptamos que se quiera establecer una justicia salomónica y decir que hubo violencia en los dos lados. En la otra zona fue un ideario oficial: acabar con todos los que no pensaban como ellos. Además, no puede ser igual luchar contra la libertad que defenderla.
 
-¿Siente frustración por la beatificación de religiosos matados en la guerra civil?

-No. Me produce indignación que después de 30 años de democracia no se nos haya restituido el honor. No se ha reconocido la aportación de los demócratas republicanos a esta sociedad. La Ley de Memoria Histórica es escasa y casi una humillación, porque trata de justificar las cosas. Lo principal hubiera debido ser la anulación de todos los procesos de la dictadura.
 
-¿Qué recuerda de Miguel Hernández?

-Me tropecé con él en la cárcel de Conde Torreno, pero poco tiempo, unos días. En la prisión de Porlier, en los años 60, conmemoramos sus 50 años con una obra de teatro clandestina que llamamos Sino sangriento. Es increíble que lo pudiéramos hacer en la cárcel, con cientos de presos que guardaban un silencio casi religioso en el que sólo se oían los pasos de los guardianes. Nunca ha habido un homenaje tan entrañable y con tanto riesgo. Él era un ejemplo para todos. Yo digo que murió de franquismo, porque no fue atendido como debía de una tuberculosis purulenta.
 
-¿Sigue escribiendo poesía?

-Sí, cuando me enamoro, cosa que hago con bastante frecuencia perdiendo el sentido de la realidad. Pero nunca he negociado con ninguna editorial. Yo sacaba los poemas de la cárcel y los publicaban los comités de solidaridad con España que había por todo el mundo. Me han llegado incluso en turco y japonés.
 
-¿Alguna opinión sobre la poesía que se hace ahora?

-Hay mucha poesía de evasión. Yo no sé si mis versos eran buenos o malos, literariamente hablando, pero sí sé que eran necesarios, porque eran un arma para luchar y se multiplicaban entre los pueblos, porque no era mi voz, sino la de muchos. Representaba el sufrimiento y la esperanza de España.
 
-¿Qué recuerda de Alberti, al que trató mucho?

-Cuando ya estaba mal, fui a despedirme porque me iba a Yugoslavia y, como sin atender, me cogió la mano y me dijo: "¡Qué corta es la vida!" Un hombre con 97 años y con tanto vivido, ¿cómo es posible? Me enseñó que la vida siempre es lo que queda por vivir. Y debemos aplicarlo. Yo me sentía una favela ante torres tan altas cuando estaba junto a Neruda, Alberti o Miguel Ángel Asturias. Pero mi recuerdo más impresionante es la fraternidad de mis camaradas, la solidaridad en la cárcel. A.G., Valencia
 
-Fue usted de los que se quedó en 1939 esperando un barco salvador en el puerto de Alicante.

-Lo que llegaron fueron dos buques franquistas y una división italiana. Ahí comenzó mi calvario.
 
-Aquellos años en los penales fue también tiempo de esperanza. ¿Le queda un poso de desilusión ante la sociedad actual?

-No. Lo que pasa es que las cosas no han salido como nosotros quisiéramos. Pero la política es el arte de lo posible y a veces hay que poner los pies en el suelo. Yo he vivido lo que he preferido: la vida dura, pero noble, de un revolucionario. Había convicciones serias e ideales firmes y aproveché la cárcel para prepararme.
 
-Ideales, convicciones serias. Mucho se ha esfumado.

-Mucha gente sufre la desilusión de las propias ideas, pero yo no. La bondad de las ideas está por encima del hombre y sus errores y también de los estados llamados socialistas que malversaron ese caudal. Pero sigue ahí: luchar por una sociedad sin desigualdades, sin guerras y donde el sol caliente para todos. Ese ideal permanecerá y hay que luchar por él. Para que cambie esta sociedad injusta y caótica. Con el libro intento fortalecer esta esperanza en el futuro y que este naufragio no se nos lleve. Y no, no tengo ansias de venganza de quienes me hicieron sufrir. Haber sufrido tanta violencia me hace sensible y que no la desee contra nadie.
 
-¿Continúa considerándose comunista?

-Sí, porque la bondad de las ideas no tiene que ver en nada con los fracasos, naufragios y deserciones que hayan podido ocurrir. Si me ofrecen algo mejor lo consideraré, pero no veo.