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Dibujos, lágrimas y arpilleras

Por: Lucía Sepúlveda

Héctor Garay Hermosilla, “Titín o Tito” (18 años) era miembro del FER, Frente de Estudiantes Revolucionarios, el brazo estudiantil del MIR. También era “el hombre de la casa”, muy apegado a su familia, ya que su madre era viuda y tenía dos hermanas. Dibujaba muy bien, le gustaba leer y recién se estrenaba como universitario: estaba dando las pruebas del primer semestre en la carrera de Historia en el Instituto Pedagógico, que aún dependía de la Universidad de Chile.  Fue detenido el 8 de julio de 1974 al llegar a su casa, un departamento ubicado en Gómez Millas con Los Tres Antonios.  La DINA lo forzó a conducirlos a casa de su amigo y compañero Miguel Angel Acuña Castillo. Ambos fueron introducidos a una camioneta Chevrolet C-10, color plomo, con toldo. 

Inelia Hermosilla Silva, su madre, viuda, es una de las fundadoras de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Tiene casi noventa años, pero relata como si fuera ayer el momento de la detención de su único hijo varón, cuando un agente de la DINA subió hasta el tercer piso del block 2720, I, aparentemente guiado por otro chico detenido.

“Tito  venía llegando de la Universidad; yo creía que estaba dando una prueba de matemáticas, pero no la tuvo y se volvió antes, por eso lo encontraron. El estudiaba Historia en el Pedagógico, alcanzó a estar solamente el primer semestre ni siquiera completo. Yo no me di cuenta de nada cuando llegaron, mi hija tampoco, yo no sabía nada de esto, y vi en el pasillo otro niño que casi entra, y tenía algo raro en la cara. Yo sólo vi al niño, no vi al agente. En eso subió el Tito.”1

La señora Inelia identificó posteriormente por fotografías a Osvaldo Romo como el jefe del operativo. Ella bajó tras él, sin hacer caso de su orden de quedarse en casa y cuando vio que a su hijo lo echaban en la camioneta ploma, se aferró a ella. “Me dieron un culatazo y una patada para que me cayera. Apenas pude subir de nuevo, a avisarle a mi hija Mónica lo que había sucedido”, relata.

Toda la noche recorrieron comisarías y postas, pero Tito no figuraba en ninguna parte. Continúa narrando: “A las seis de la mañana una señora preguntó por mí, era la mamá de Miguel Angel Acuña, porque Tito los llevó allá. Me pedían explicaciones, pero yo no hallaba qué decir, yo no sabía nada. Entonces fuimos a la calle Santa Mónica, a las oficinas del Comité Pro Paz, después ya seguimos buscándolo a través de la Vicaría de la Solidaridad”.

La madre declaró en tribunales que Manuel Espinoza, detenido en Londres 38, escuchó allí la voz de su hijo. Esta persona había sido detenida al día siguiente de la aprehensión de Tito, quien hacía clases particulares a los hijos de Manuel Espinoza.

Una familia de trabajadores

Tito era el menor de los tres hijos de la familia Garay Hermosilla, y tenía dos hermanas, Mónica y Rosario. Estudió la enseñanza básica en el Colegio San Marcos, cuando la familia vivía en calle Bascuñán. Su padre había sido empleado de la industria textil Yarur, y logró concretar con su trabajo el sueño de la vivienda propia, trasladándose a la comuna de Ñuñoa. La madre trabajaba como supervisora de piso en el Hotel Crillon, en el centro de Santiago. No era una familia con participación ni inquietudes políticas. Entre sus valores estaba el respeto por el estudio y el conocimiento. Las dos hermanas de  Tito son hoy profesionales: una es directora de un colegio básico y la otra trabaja como tecnóloga en un laboratorio.

Los estudios secundarios los realizó Tito  en el Liceo 7 de Ñuñoa, un establecimiento que tenía una tradición de combatividad.  Era un niño muy inteligente, y la familia se sintió orgullosa del puntaje que sacó en la prueba de aptitud académica.

Recuerda su madre: “Era travieso, desordenado. Yo le ayudaba en sus tareas. Tenía  los cuadernos hecho repollos. Le gustaba dibujar. Y después, yo  tomé sus dibujos como motivo de inspiración  para mis arpilleras. Me salían mojadas de lágrimas.  También dibujé la escena de la detención en una arpillera.” Señala hacia su habitación, que tiene la puerta entornada, y revela que conserva sus libretas de notas, cuadernos y apuntes de la universidad. Uno de sus cuatro nietos, Pablo Díaz Garay,  se acaba de recibir de abogado y pidió y obtuvo de su abuela la carpeta con el legajo relativo al proceso entablado ante la justicia por la desaparición de Tito. El seguirá con el caso. Otro nieto estudia pedagogía en historia, como su tío, y ambos se han interesado en saber todo acerca de Tito.

“Yo me entrevisté con la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Este es el caso 1850 en sus informes. Ellos mandaron a decir que Héctor Garay estaba detenido....pero después salió en la lista de los 119.  Cuando salió la noticia yo estaba en mi trabajo en el Hotel Crillon,  y me llevaron el diario a la oficina. Cuando lo leí, perdí el conocimiento, entré en shock, me tuvieron que ir a dejar a la casa”.

Un embarazo porfiado

Entre lágrimas y sonrisas, (“Me hace bien hablar de él, me alivia el corazón”) la madre continúa recordando: “Tito  me cuidaba mucho, no me dejaba tomar nada pesado. El era muy cariñoso, y trataba de darme conformidad cuando su padre estaba agonizando. Tito nació cuando yo tenía 39 años. Me habían amarrado las trompas en una operación para extirparme un quiste ovárico, y no se dieron cuenta que ya tenía un embarazo de doce días. Meses después volví al hospital, porque todo me daba asco. Los doctores se reían a gritos y uno decía que se iba a sacar su delantal para que le hiciera las camisitas al niño, que nunca les había pasado eso. Estuve 3 meses hospitalizada en el San Borja, para que naciera bien.” 

Don Héctor, el padre,  falleció de cáncer  tres años antes de la detención de Tito, cuando éste tenía 15 años.  Pudo despedirse de todos los miembros de la familia, y  le encargó especialmente a Tito que siguiera estudiando y que no dejara a su madre.

La señora Inelia revela que ellos criaron a sus niños “a la antigua”. Eran padres estrictos que no fomentaban las salidas ni amistades y sí los motivaban para que cumplieran con sus deberes estudiantiles. Tito lloró a mares, recuerda, en el funeral del padre. “Yo he pensado después que a lo mejor él presentía algo y se despedía de todo”, dice ella. La señora Inelia siempre intuyó que en el centro de tortura, la mayor preocupación de su hijo era por ella, quizás sintiendo que estaba fallando a la promesa hecha a su padre de protegerla. Con emoción relata cómo supo de la inquietud de Tito: “En 1991 yo fui con Gala Torres y con Toya, y otras   personas del conjunto folklórico de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos a Canadá, y después que cantamos y bailamos la “Cueca Sola”, se me acercó un hombre. Y me contó que él había estado en una celda de Cuatro Alamos con Tito. Y que él le había dicho que pensaba en su mamá que había quedado sola”. Las lágrimas brotan de los ojos claros de la anciana, de pelo blanco sujeto en un tomate, inmovilizada en un sillón ya que sus piernas ya no le obedecen. Se disculpa, (“es que últimamente estoy muy llorona”) agregando que sabe que ha hecho sufrir mucho a sus hijas, porque al principio ella no podía controlarse en su dolor, vivía en la calle buscando a su hijo a todas horas, y a las hijas les habían sugerido, según cuenta, “que me llevaran a una casa de orates”. Dice que su hija Mónica está siempre cerca de ella y la cuida mucho.

La espera sin fin

Cuenta que luego de la detención, se instalaba a esperar a Tito en avenida Grecia, unas cuadras más allá de su domicilio, en las horas del toque de queda. “Un conscripto me preguntaba ‘qué está haciendo señora’ y yo le respondía que estaba esperando a mi hijo. Me obligaban a venirme a la casa, me venían a dejar a veces”.
 
Señala que no enloqueció gracias al apoyo obtenido en la agrupación, el Comité Pro Paz y la Vicaría, y agradece especialmente a la asistente social Norma Rojas, también esposa de un desaparecido, que le hizo ver que tenía que sobreponerse para poder buscar a su hijo. “Yo tenía la ropa de Tito intacta, y no comía en la casa. Siempre andaba con un bolso para él, con útiles de aseo y ropa. Comía dulces o galletas en la calle y cuando llegaba a casa, me iba a su pieza. Salía en la mañana y le rezaba a Tito para que me guiara hacia donde estaba. Así fue como llegué a Londres 38. Estuve una semana parándome frente al portón. Me acompañaba a ratos una camarera del hotel. Me habían dicho que Tito estaba allí. Me encontré con unas mujeres de la vida, y yo les conté de mi búsqueda. Ellas anotaron el nombre de Tito y se dieron una vuelta, para disimular, antes de ir a averiguar. Pero no lograron nada tampoco. Otra vez, yo andaba con Doris Meniconi, madre de Isidro Pizarro1,  y vimos salir un camión que traía  personas detenidas y yo vi sus ojos, como tapas de botella. Tomamos un taxi para seguir al camión pero el carabinero le prohibió al taxista llevarme”. En la reunión diaria de la agrupación, cada una informaba sobre lo averiguado, y algunas se sorprendían de la audacia de Inelia y sus andanzas.

Insultos y negaciones

En esos años –y también ahora-  la señora Inelia y los familiares conocieron del desprecio y la indiferencia de muchos frente al drama que vivían.  “Una vez que hicimos parar las micros en Teatinos para pasar en columna nos gritaban cosas como ‘Váyanse a botar las bacinicas en sus casas’  Yo los enfrenté: ¿Lo estoy insultando yo para que me insulte?”.

No recibió apoyo alguno de la familia de su marido, en la que había un uniformado, el oficial de Ejército Bernardo Garay. Acota: “Era tío de Tito y cuando mi marido estaba vivo venía a visitarnos, tomaba once con  nosotros en la casa y yo lo atendía muy bien. Sin embargo cuando lo fui a ver a su oficina en la Intendencia Metropolitana, dijo que no me conocía y me hizo sacar de allí por la fuerza”.

En los años 90, en el patio del block en que la señora Inelia vive, sola, podía verse un mural de homenaje a Tito, realizado por un pintor norteamericano y acogido por la vecina de la casa en cuestión. Allí se hacían los actos el día del aniversario de su detención. Sin embargo poco tiempo después, el mural en que Inelia buscaba cada día el rostro querido de su hijo, fue borrado por otro grupo de vecinos que incluso recurrieron a la municipalidad para obtener una orden para hacerlo. La madre recibió en su propia casa, la presión de dos concejales que no lograron hacerla firmar esa orden.  “Todavía se divisa un poco la cara de Tito. Cuando logro bajar yo voy hacia allá y le converso”, explica con tristeza la señora Inelia, confundiendo un poco las fechas en que se produjo el disgusto con los vecinos y su propio reclamo ante el alcalde. Para ella fue ayer no más, -pero su entrevista fue con el alcalde Vergara, cuyo período concluyó hace varios años -  porque por una parte, el dinero ya no le alcanza para comprar el medicamento Hydergina 4.5 que le garantizó por décadas conservar una memoria privilegiada, y por otra,   el dolor de ese acto de sus vecinos no tiene tiempo, es el mismo de los primeros años de soledad y rechazo. 

Gritarle al General

Sin embargo, la señora Inelia destaca que el dueño del Hotel Crillon, y su jefa directa allí, que la apreciaban, tuvieron otra actitud ese año de 1975, cuando ella fue detenida: “Supe que en la mañana, iba a pasar Pinochet y su comitiva cerca del hotel. Rápidamente salí a la calle y me instalé. Yo siempre tenía que andar muy bien presentada, nadie sospechó nada. Y cuando  lo vi aparecer le grité: ‘General, hágame un regalito de Pascua y dígame donde tiene a mi  hijo! ‘ Ya detenida,  yo no dejaba de gritar ‘Me llamo Inelia Hermosilla, avisen al hotel Crillon que me llevan detenida’. Me tuvieron en una sucursal del Ministerio de Defensa que estaba en el antiguo Teatro San Martín, en una pieza desde la que se veían unas puertas con candados.  Y yo lloraba y le gritaba a mi hijo ¡Tito!, pensando que a lo mejor podía estar allí. El gerente del hotel vino a sacarme, con mi yerno, contador, que también trabajaba allí.” Más adelante desapareció ese punto de apoyo, ya que el Hotel Crillon quebró el año 76, y ella entonces debió jubilarse.

La “posta” de Villa Grimaldi

En otra oportunidad, al conocer  de la existencia del centro clandestino de tortura y detención Villa Grimaldi, se dirigió allí, sola.  “Me levanté a las 5.30 de la mañana para alcanzar a ir antes del trabajo. Me bajé en Tobalaba con Arrieta. Era pleno invierno, hablé con unas personas preguntando por el lugar, yo decía que era una posta y que yo necesitaba atenderme, pero me costó mucho que me dijeran algo. Al llegar vi el portón café del que me hablaron y toqué el timbre y cuando se abrió la ventana les dije que yo sabía que ahí había un regimiento y que andaba buscando a mi hijo que no había llegado. Me contestaron que eso era una posta y que allí no había ningún regimiento, y me echaron. Me instalé en la vereda del frente a esperar la micro, y apareció otro soldado que me obligó a salir de ahí.”

Sin abrazos en Cuatro Alamos

Ya era un hábito hacer fila frente a los campos de concentración, siempre esperando, mojándose en invierno, aguantando el sol en el verano. Así recuerda lo ocurrido cuando la amnistía del 76.  “ Salieron muchos en libertad. Yo cuando vi que nadie me abrazaba, que Tito no salía, me desmayé, me caí de fatiga y dolor. Me llevaron a una enfermería dentro del campo y me ofrecieron agua pero yo la rechacé. Me pueden dar veneno, le respondí a la mujer que me preguntó por qué hacía eso.”.

Treinta años después, por el secuestro de Héctor Garay y otros 33 desaparecidos, en el marco de la Operación Colombo, el 2 de septiembre de 2004 el juez Juan Guzmán encargó reos a 16 uniformados. Ellos fueron el ex director de la DINA Manuel Contreras, César Manríquez, su segundo al mando; el ex jefe de Cuatro Alamos, Orlando Manzo; el ex jefe de Villa Grimaldi Marcelo Morén Brito; el ex jefe de la brigada Halcón, Miguel Krassnoff, y los agentes Basclay Zapata y Osvaldo Romo. También fueron procesados Conrado Pacheco, jefe de Tres Alamos, el ex detective Manuel Carevic; el ex jefe del aparato exterior de la DINA, Francisco Ferrer Lima y los tenientes Ricardo  Lawrence, y Gerardo Godoy, así como  Gerardo Urrich, jefe de la brigada Purén, el ex jefe de la brigada Vampiro, el brigadier (r) Fernando Lauriani, y el general (R) Raúl Iturriaga, entonces jefe del aparato exterior de la DINA.  Contreras fue finalmente encarcelado por otro secuestro, el de Miguel Angel Sandoval Rodríguez, y cumple condena por diez años en la cárcel especial de la comuna de Peñalolén. Es la primera vez que se rompe el escándalo de la impunidad en el caso de los detenidos desaparecidos. Sin embargo permanece en suspenso la responsabilidad del mayor criminal, Pinochet, que hasta ahora ha logrado eludir el desafuero solicitado por la defensa de los secuestrados en la Operación Colombo.

El nombre de Héctor Garay Hermosilla figuró el 15 de julio de 1975 en el semanario argentino Lea, en una lista de 60 miristas supuestamente muertos en el exterior, que fue reproducida en Chile por El Mercurio el 23 de julio del mismo año.

1 Entrevista a Inelia Hermosilla. Noviembre de 2003.

1 Ver historia de Isidro Pizarro en este libro.