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Padre Antonio Llidó Mengual (01.10.74)

Antonio Llidó era catalán, sacerdote católico, militante del MIR y miem­bro del Grupo «Cristianos por el Socialismo», fue detenido en septiembre de 1974, por agentes de la DINA. Su arresto está relacionado con la detención de varios militantes, entre ellos Ariel Salinas Argomedo, quien se encuentra también desapa-recido. El Padre Llidó fue torturado en José Domingo Cañas y trasladado después a 4 Alamos, desde donde desapareció.

Durante su permanencia en José Domingo Cañas, fue objeto de crueles burlas por su condición de sacerdote. Se encontraba muy mal de salud, sufría frecuentes hemorragias estomacales, sin embargo su ánimo era bueno y reconfortaba a los demás prisioneros. Cantaba mucho, organizó incluso un coro entre los deteni­dos. Un sobreviviente contó que al Padre lo hicieron víctima de golpes eléctricos prolongados y, por su condición de religioso, las torturas que le aplicaban estaban marcadas por el sado-sexualismo. A este sobreviviente el Padre le contó sobre paquetes de maicena suyos, «que cuando los agentes iban a comérselos, descubrieron embarretinados en ellos papeles con datos. » Marcia Merino, colaboradora de la DINA, relata que la llevaron a hablar con un sacerdote que estaba detenido. Quedé muy impactada porque me ordenaron que le dijera: «yo estoy hablando todo lo que sé, y le digo a los otros detenidos que hablen, porque si no van a ser tortu­rados. Recuerdo que el sacerdote me respondió: «¿cómo puede dormir con la conciencia tranquila?

Ahora que el Padre era Antonio Llidó

Memorias Fragmentadas

Padre Antonio Llidó, por Claudia Iturrieta.

Te vas formando de las memorias fragmentadas, amaneciendo de los recuerdos que te estaban esperando, crisálida minúscula y gigante, capullo compasivo llenaste el orbe con tus mariposas multicolores, repletas de esperanzas y de risas, así fuiste desenvolviendo la vida que te estaba destinada, así tan simple y traicionera te cercaba la muerte colgada de tu brazo, como sombra rastrera te fue siguiendo en cada esquina, en cada sermón en cada confianza que sembraste, la oquedad de sus ojos grandes, te fue rodeando triste y titánica, irónica y déspota, hasta dejarte solitario y anclado en la certeza única del verdugo infame que la traía cosida a su frente. Tal vez antes de alcanzarte con sus ojos diminutos y viles, ya se le había aparecido develada en sus manos, cuando al regresar de algún juego infantil y lavarlas, se le cruzó el tiempo en los huesos, y comenzó a limpiar tu sangre que escurría dadivosa, quizá al besar los labios finos y delicados de la amada, tu sonrisa se coló en su rostro, la traía de la misa dominguera, tu risa y todas las risas traspasadas por el mismo aliento, tu vida y todas las vidas traspasadas por el mismo hálito. ¿Cómo pudo levantar el puñal, el fusil, o lo que haya segado y acallado tus respiros? Al matarte asesinó tres veces, quitándote y silenciando tu cuerpo, dejándote callado y anónimo, y quedándose inhumano.

 

 

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