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Cuesta, Josefina (ED): Memoria e Historia,

Ed. EUDEMA, Madrid 1993. Cap. “Antifascismo y “la memoria de los músicos”, “La memoria del horror, después del la II Guerra Mundial”, “Los regímenes poscomunistas y la Memoria del tiempo presente.

Claudia Videla Sotomayor

Un primer punto interesante de considerar en el texto es el planteamiento que hace Namer acerca de la crisis que se produce en una sociedad que pasa del ámbito rural-conservador al urbano-moderno; es justamente este punto –y considerando que Halbwachs es un sujeto histórico de una época de transición- uno de los problemas que marcará su obra y su propuesta acerca de la memoria y el tiempo. Por una parte, el tiempo histórico (cronológico y definido), establece el paso de una economía y una política marcada por el devenir de los avances tecnológicos y económicos (distintos a los vividos en la ruralidad) y por otra parte, aun persisten en el recuerdo y la memoria colectiva tradiciones afianzadas en convicciones propias de la vida no urbana: la religión y la ética por ejemplo, dos elementos que se encuentran interrelacionados y definidos uno por el otro y que, serán una manera de mirar su pasado y proponer un futuro, a pesar de la existencia de una laicización de la sociedad en que Halbwachs vive.

En este sentido, ¿cómo plantearse en el lugar del otro si esto implica establecer una memoria colectiva?, ¿cómo interpretar las nuevas tendencias si aun persisten en el inconsciente colectivo –como espejos- las realidades vividas en el pasado?, ambos cuestionamientos surgen del estudio del texto y son respondidas de alguna manera por Halbwachs cuando propone que el espíritu de esta memoria subyace en el grupo como colectivo, como pares de una misma realidad antecedente. Aquí está una de las valías del contenido del capítulo, justamente en establecer quien y cómo revisa el pasado y propone ciertos elementos de memoria que les sean comunes a un grupo social.

En primer lugar, la tarea estaría dada por la apropiación de ciertos elementos y conceptos que les son comunes (habla de periódicos, carteles,, novelas, etc) que formarían parte de su identidad grupal, elementos que no se entienden como fundamento identitario sin hacer primero una revisión a la memoria individual de los integrantes de esta “Sociedad de Memoria colectiva”.

Sobre este mismo punto, habría que definir que sobre una memoria individual se encuentran resumidas y decantadas una serie de memorias individuales de los otros (que reunidas, conforman una memoria colectiva), es por esto que cuando Halbwachs habla que llamar “la memoria colectiva a la memoria de un grupo real con el que yo entablo el diálogo cara a cara” (p. 43-44), lo que hace en definitiva es establecer lazos entre “MI” memoria y la memoria del “OTRO” como conjunto que “NOS” permiten identificar (NOS) y asumir (NOS) como parte de un proceso social, político e histórico.

Por esto es tan importante el hecho que mencione la música como elemento de memoria y de identidad, porque este elemento provee a quien la escucha o interpreta de un relato que puede ser asumido como propio (pero relativizado por la adecuación de su uso). En el caso específico de la música de Wagner y su utilización como propaganda del régimen nazi, bastaría recordad que al alto mando de Hitler –en su fanatismo- veía en “El anillo de los Nibelungos” la fuerza y el temple ario al que aspiraban en su propuesta social. Pero relativiza esta apreciación el hecho que mientras para ellos era el máximo ejemplo de superioridad, perfección racial, etc, para otra parte de la sociedad alemana –las víctimas- era la máxima expresión de la irracionalidad con la que actuaba el Reich (según testimonios de sobrevivientes de campos de concentración la música era constante e infernal).

De aquí desprendemos el último punto a referir acerca de este artículo, que dice razón a que el recuerdo y la memoria que tienen víctimas y victimarios en torno al ejemplo de la música de Wagner es completamente distinto: mientras para las víctimas volver a escucharla es reeditar su pasado traumático, reviviendo de alguna manera el dolor y la pérdida, para los victimarios es rememorar un tiempo de gloria (una gloria fanática, por lo demás). Ambos se reencuentran con un pasado y desde sus distintas ópticas manifiestan la adhesión a un tipo de memoria. Con todo esto, desprendemos del análisis de la obra de Halbwachs que existen tantas memorias como grupos colectivos sociales existen y que, del mismo modo, un individuo por muy solitario que se encuentre (ejemplificamos con el concepto de prisionero) mantiene un lazo con su entorno –reconociéndose en él- a través del cúmulo de experiecias que formarán SU memoria.

En el caso de los dos artículos que continúan al de Namer, el primer punto interesante es el que dice razón a los conceptos de recuerdo y NO olvido .

¿cómo recuerdan los judíos y los ciudadanos de la Europa del Este los atropellos sufridos por ambos pueblos (1)?

Primero se recuerda en la intimidad de la individualidad... el silencio; silencio que conlleva miles de voces de memoria, que relacionan al silente con su pasado, pero también con si inspiración y/o proyecto de vida y sociedad, en definitiva su ideal de vida. En este silencio la pregunta es clave ¿por qué recuerdo?, recuerdo para no olvidar, para no volver a sufrir lo vivido, para sentirme parte de una sociedad devastada.

Luego la externalización del recuerdo. Hablar con otros –pares- de lo sucedido, intercambiar apreciaciones, de alguna forma ser apoyo mutuo ante el trauma. Finalmente asumir esto como verdad innegable y por lo tanto colectivizar las experiencias de distintos grupos sociales: el Holocausto Judío existió, más allá de las cifras de muertos y deportados que arrojen estadísticas. En Chile se torturó, más allá de lo que las agrupaciones nacionales e internacionales entreguen como “cifras oficiales”.

Aquí surge lo que Cuesta llama “la geografía del recuerdo”, es decir, enfrentarse a la realidad traumática desde la objetivación. Reconocer los lugares físicos en que se cometieron las atrocidades, recorrerlos casi como un duelo, como homenaje permanente. En otras palabras enfrentar la realidad como existente más allá de las pesadillas que puedan existir para quien vivió la situación.

Pero qué pasa cuando la sociedad y los Estados confinan su memoria a estos elementos. Sucede que, entonces, el no olvido queda supraditado a una memoria cada vez más oficial que “desmantela o reconvierte los lugares de la memoria” (p. 89), estimulando sólo actividades que no sean manifestaciones libres de relatos de memoria, provocando por una parte una amnesia de aquellos episodios que el Estado no quiere reconocer y por otra una anamnesia de lo que “debiera ser” la memoria de un pueblo. Es tremendamente valioso en el texto la discusión de ambos conceptos porque valida el accionar libre, voluntario y espontáneo de las agrupaciones que trabajan por la recuperación de la memoria histórica y por otro, porque delimita el accionar de los Estados frente a esta problemática que cruza gobiernos e intenciones conciliatorias.

Las huellas de la memoria entonces, son en algunos casos abordadas desde la perspectiva institucional con la creación de “símbolos” (memoriales en la mayoría de los casos”, provocando la anamnesia social, y por otro (cuando las huellas han sido borradas) provocan la amnesia oficial. Referimos al concepto de “oficial” en tanto que, a pesar de la inexistencia de los lugares físicos, culturalmente se mantienen en la memoria colectiva de una parte de la sociedad. Aquí quisiera debatir más que la propuesta de la autora el concepto en sí mismo. ¿es tan definitorio el contar con un lugar físico, geográficamente delimitado para hablar de los hechos ocurridos allí?, tajantemente no porque en verdad la memoria de un grupo implica el reconocerse unos en otros y no reconocerse en un lugar físico que suponga la existencia real de lo vivenciado allí.

Sobre lo mismo, las sociedades enfrentadas a una situación post traumática tienden a reafirmar sus memorias en el rito de aceptar los sucesos. En el texto y en general en la historiografía se habla del “Holocausto judío”, ¿por qué usar eufemismos?... que lo ocurrido fue “violación a los derechos humanos”, que fue “exceso por parte del Estado”, por qué esos conceptos, si la palabra es matanza (como argumentó en su momento el rabino Feldmann o Helmut Frenz). Tal vez la respuesta sea que, para convivir con la memoria oficial que siempre tenderá a la aplicación de las prácticas del Nunca Más y leyes de punto final (vergonzosas desde mi perspectiva personal), tal como explica el texto aunque las huellas de la memoria no tengan que ver con esta realidad oficial. (2)

Sin embargo esta memoria oficial se vale de símbolos del recuerdo para definir hasta qué punto está permitida la reflexión en torno al pasado. Esto ha ocurrido en la mayor parte de Europa y América Latina respecto de los sucesos post II Guerra Mundial y post dictatoriales. En cambio en la ex Unión Soviética y la Europa del este, la política oficial fue de ocultar y negar definitivamente los hechos represivos. En el caso específico de los “archipiélagos”, la naturaleza se encargó de coadyuvar al ocultamiento de las evidencias “aquí no había chimeneas” (p. 101) y por lo mismo la memoria oficial era inexistente. Y hubo un silencio frente a este hecho específico: silencio oficial

En el caso de Europa occidental el proceso del reconocimiento oficial siguió la línea tradicional, es decir, primero hubo justicia jurídica y luego se comenzó con el trabajo de la recuperación de la memoria. En el caso de Rusia fue a la inversa: existió la recuperación de la memoria por parte de la colectividad, luego se asumió oficialmente la existencia de los archipiélagos y con ellos solamente fue posible establecer una justicia para víctimas y victimarios.

La situación fue similar para el caso de Austria en donde no fue fácil aceptar el “peso del pasado” (p. 105) porque esto implicaba enfrentarse “hermanos” contra “hermanos” en una sociedad que estaba luchando por reconstruirse después de la caída del Muro, tergiversando informaciones o yuxtaponiéndola con la memoria del pueblo que evidentemente estaba en proceso de reconstruir su identidad nacional, que había sido por tanto tiempo supraditada a la identidad comunista.

La tarea ahora es rescatar esa memoria, editar y difundir las distintas corrientes que han surgido de estas “cenizas de memoria” y aquí el autor plantea un desafío bien importante para los historiadores: no sólo ser garantes de la elaboración de esta memoria, sino que de paso, no plasmar subjetividades al relato para no cargarla de estas ideologías que no han permitido el surgimiento libre de propuestas de memoria en la Europa del Este.

Una reflexión final a los textos: la existencia de las huellas físicas, y en eso estoy plenamente de acuerdo con el texto, no impiden el que se elabore una memoria del pasado, porque la memoria no radica en el relato o en el ritual de recordar sino en el inconsciente colectivo de una sociedad. La escritura y el homenaje vienen por añadidura, como complemento, como fuentes que son válidos para la historiografía y para las políticas gubernamentales pero no necesariamente para quienes participamos de la Historia.

(1) Pueblos a falta de un concepto mejor que englobe esta situación

(2) Prefiero la palabra manipulada

 

 

 

 

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