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“La Infancia debida: Niños abandonados, pobreza y exilio. Una mirada al problema de los niños en riesgo social y político en Chile y Brasil.”

Claudia Videla
Ponencia al congreso de estudiantes de la UDP, Santiago, 26 de mayo de 2006

El problema de la infancia debida, no es un asunto ni específico de Chile ni mucho menos un aspecto coyuntural del gobierno militar; convengamos que desde siempre los niños y niñas han sido víctimas de las políticas y planificaciones estatales y que por ello constituyen un actor social que a veces ha sido mirado en menos, descalificado…. Obviado.

Quisiera partir con la asociación que se hace respecto de la infancia en América Latina, pero como el tema es tan amplio, creo conveniente hacer hincapié en una situación específica: la muerte de niños en Brasil. Nancy Scheper-Hughes, ofrece una mirada a este asunto, desde una perspectiva antropológica, en su texto “La Muerte sin Llanto. Violencia y vida cotidiana en Brasil”(1), nos muestra crudamente cómo se vincula el problema de la infancia con aspectos culturales y económicos en el sector nordeste del Brasil. Es precisamente esta zona la que contiene los más altos contrastes entre pobreza y riqueza, aspectos que evidentemente atañen a la infancia, puesto que, o son víctimas del infanticidio programado por el Estado a través de sus básicas o nulas políticas de salud, o bien son la mano de obra más barata que se pueda conseguir; en una palabra, son los esclavos del siglo XXI. Sus muertes pasan al olvido porque son tantas que es imposible contabilizar con precisión, en primer lugar porque no todos ellos están registrados como “existentes” y porque una vez muertos son arrojados (literalmente) a los cementerios. Pasado un año sus cuerpos son quemados o trasladados a osarios comunes en donde toda identidad es perdida para siempre. El duelo en estos casos es imposible, hay otros que necesitan sobrevivir en medio del hambre y por lo mismo ni siquiera son visitados por sus deudos, sus tumbas no tienen nombres, sus ataúdes son de cartón y se desintegran al tiempo que su cuerpo pierde las características que una vez los hicieron “humanos”. Desaparecen porque no queda rastro suyo, en otras ocasiones ni siquiera son reconocidos en el Servicio Medico Legal; cuando alguien “muere mal” o en la calle, los familiares atemorizados por la sola presencia de la justicia y el interrogatorio prefieren no ir a reconocerlos. De aquí que los habitantes de la región tengan un permanente miedo a ser internados por dolencias, porque a quién le importa que ellos estén enfermos, la sociedad sigue su curso y los ricos siguen súper explotando a los pobres. Sus cuerpos son reutilizables porque como bien dice el texto, o son usados con fines científicos para la experimentación de los estudiantes de medicina, o son utilizados por los poderosos como “órganos de repuesto” ante la necesidad de un transplante. Bajo esta perspectiva, la muerte puede ser incluso un alivio de la miseria en la que se vive. Al menos dejan de sentir hambre.

Se forma, como vemos, una identidad en que la muerte es sólo un paso más dentro de la vida, pero ¿cuál es la reacción frente al hambre y la miseria? Por una parte la locura misma, la gente muere y mata por hambre, saquean mercados cuando se hace insostenible, pero por otra parte hay una resignación ante un hecho inminente. Lo único que les queda es darle una muerte lo más digna posible y para ellos hay que ahorrar dentro de lo que se puede para asegurar al menos un ataúd propio, no el de caridad que entregan los ayuntamientos.

Surge a raíz de esta reflexión otro cuestionamiento ¿por qué la tasa de natalidad es tan alta en esta zona? ¿es acaso que la pobreza engendra más hijos? O ¿qué la enorme cantidad de niños obedece a un rasgo propio de la pobreza? La alta natalidad es causa y efecto de la pobreza, por lo mismo, los límites entre éstos son tan difusos. Por una parte, la ignorancia de los padres que ven en el sexo y consiguiente natalidad el único elemento que los hace sentirse “seres humanos” vivos, y el interés por los poderosos de mantener un estándar de mano de obra lleva a que exista una alta tasa de natalidad; sin embargo esta enorme cantidad de niños, son una causa también de la pobreza: a menos hijos que alimentar, mayor porción de comida. Un tanto obvia la asociación, pero en la estructura cultural occidental esto es casi impensable, lo lógico sería que las mujeres fueran esterilizadas para impedir el aumento de la natalidad, pero para el cotidiano esto sería agregar una maldición más al hambre, porque claramente en el constructo de su sociedad la miseria es parte de una “maldición” a causa de las esterilizaciones y abortos a los que son sometidas las mujeres.

El tema es que aunque exista esta alta natalidad, la mortalidad infantil supera cualquier expectativa, de cada 20 muertes de niños en Latinoamérica 10 son brasileños y 5 corresponden a la zona de estudio. Las causas de muerte son las enfermedades como desnutrición y deshidratación provocadas por la diarrea y las infecciones de los lugares de residencia que son pestilentes. Es curioso ver que en esta zona la esperanza de vida es casi la misma que hace 20 siglos en Europa (40 años según estudios de la UNESCO) 40 niños por hora mueren en Brasil, pero ¿a qué aspiran estas personas sino a morir jóvenes, mutilados y hambrientos? A lo mucho a vivir como esclavos en pleno siglo XXI o a que sus huesos desaparezcan en cementerios que no son otra cosa que la prolongación de la vida cotidiana. Por lo tanto la vida no es otra cosa que prolongar el sufrimiento, es escalofriante conocer las declaraciones de un niño de 5 años que dice “estoy listo para ir allí”, qué infancia cruel puede llegar a ser esa en que los niños pequeños tienen conciencia de su muerte como algo natural, esperable, normal.

Sin embargo, este problema puede tener atisbos económicos, no se puede limitar a un problema que tenga exclusivamente estas características como lo plantean los materialistas, es un problema doblemente complejo porque encierra verdaderamente un asunto económico debido a las desigualdades materiales a las que pueden aspirar los pobres y a la utilización que se hace de ellos como medio de sustento de mano de obra y de apoderamiento de los recursos: muchos niños son vendidos en el mercado negro de la adopción y por otra parte se considera un rasgo social porque incluso, pensando en esto de la adopción, ¿no será mejor que los niños emigren de esta miseria? Es un juicio ético importante porque claramente las madres no están en condiciones de reclamar a los hijos perdidos, porque en definitiva no tienen cómo alimentarlos, pero ¿qué sucede con las relaciones humanas? ¿Acaso perder un hijo no es perder una parte de su propia vida?, no me atrevo a emitir juicio al respecto. Lo cierto es que el caso brasileño es un complejo conjunto de redes que mezcla lo económico con lo ético y en que los niños pobres son los principales perjudicados.

En cuanto al caso chileno, tiene otros matices; aquí no existe un componente racial negro y/o mulato como es el caso brasileño, obedece más bien a las estructuras sociales de pobreza y marginalidad. Estos niños son los llamados “niños de la calle”.

Los niños, dependiendo de las circunstancias son vistos como niños libres, delincuentes, subversivos, victimas. De esta categorización podemos extrapolar que no existe una definición específica para la infancia y que, por mucho que los organismos gubernamentales tengan este conflicto entre sus ítemes más importantes, no han sido capaces de ejercer una política que tienda a corregir sus actos, protegerlos y por cierto, educarlos para sacarlos de este estado que no es otra cosa que la expresión del descontento y el abandono en el que se tiene a esta parte de la sociedad.

Sandra Poblete Naumann, en su texto: “Abandono y vagabundaje infantil en Santiago de Chile. 1930-1950”(2) nos muestra una visión de la infancia a partir de “los niños de la calle” que poblaron las arterias de la ciudad de Santiago durante 1930 y 1950. El hecho que existan niños de la calle en esta etapa obedece ante todo a un argumento económico, Santiago estaba viviendo un proceso de industrialización elevada pero con una desigualdad en los ingresos y en las posibilidades socio-políticas más devastadoras de nuestra historia. En este marco es que se encierra el texto de Poblete, argumentando que existían entre 4 mil y 10 mil niños en pleno abandono y que, se veían en la obligación (o libertad) de deambular por las calles como mendigos, expuestos a todo tipo de peligros y vejaciones, pero también constituyendo un cuerpo social definido por sus propios conceptos de lo correcto o incorrecto.

Uno de los elementos más interesantes de analizar en este aspecto es la presencia  del Primer Juzgado de Menores que será el encargado a nivel gubernamental de estructurar las resoluciones acerca de cómo tratar a estos chicos que vagan y delinquen. Es interesante ver el problema del vagabundaje de niños desde esta visión porque por la dispersión misma que supone el hecho que los niños no tengan un lugar fijo de residencia no permite una precisión de la cantidad existente si no es a través de la documentación jurídica que dimensiona en algo el problema.

Queda de manifiesto que la infancia callejera es fundamentalmente perteneciente a las capas más bajas de la sociedad y por lo mismo marginal desde todas las ópticas de análisis. Es por lo tanto una infancia irregular que está fundamentada en el abandono, la pobreza, el descuido de sus actividades cotidianas y una libertad de acción que, por sus cortos años, ellos expresan en un libertinaje. Nuestros niños en esta época deben subsistir en medio del espacio público que, además de ofrecer un empleo por pocas monedas (y que sirve como subsistencia), evidencia la formación de una identidad específica: la ley del más fuerte.

Estos muchachos que se erigen como los más fuertes serán líderes de pandillas de pequeños delincuentes que hurtarán, y se prostituirán en pos de continuar su vagancia y su pillaje por las calles. “La banda también podía satisfacer el deseo de seguridad y afirmación de la personalidad del niño vago, pues representaba una fuerza en la que se experimentaba un sentimiento de unidad y lealtad hacia el grupo y sus reglas o códigos de comportamiento.” Aquí encontramos el elemento que nos interesa; se crea una identificación entre el líder y sus “protegidos” y la relación de horizontalidad en la conducta permite una coexistencia fundamentada en la lealtad y la supervivencia en conjunto. Sin esto, posiblemente el niño no podría vivir por un largo periodo en las calles.

¿Quiénes son estos niños?, ¿cómo definir quién puede o no sobrevivir en las calles?. En general son niños que han sido abandonados, como ya decíamos, pero además albergan un profundo anhelo de libertad, tal vez de acuerdo a que en sus propios hogares han sido maltratados u olvidados como sujetos. Además los niños vagos tienen sus propios códigos de conducta, de lenguaje, de aproximación al bien y el mal. Lo que para un niño de su misma edad puede ser absolutamente impensable en condiciones de vida más regulares, como hurtar comida, o comer directamente de un basurero, para los niños vagos es una realidad cotidiana. El enfrentar a las fuerzas policiales con gallardía y decisión es un elemento que deben saber llevar a efecto más allá del temor (que parece no existe) o de las consecuencias de presidio que pueda conllevar. Es por lo tanto un mundo aparte dentro de la configuración del mundo de la infancia.

Dentro de los elementos en que se encasilla a la infancia está el régimen de resguardo al que son sometidos los niños en condiciones normales: una familia que vele por ellos, un sistema educativo, una previsión social; para los niños vagos, la calle esgrimía absolutamente la trasgresión de estos elementos, era la libertad total, sin reglas más que los códigos que ellos mismos creaban, no había padres que los reprimieran, ni escuelas que los educaran. Es difícil pensar que alguien pueda concebir esto como modo de vida, pero ellos, sin tener otra oportunidad y en vez de ser reprimidos o golpeados salían a las calles a vagabundear y sentirse libres.

¿En qué espacio habitan?. De acuerdo a los estudios realizados particularmente por el SENAME y la Fundación Mi Casa, el espacio será muy similar al de otros grupos marginales, vale decir, bajo los puentes del río Mapocho, calles aledañas a la Vega Central y en general el casco histórico de la ciudad. Utilizando conceptos actuales digamos que en estos espacios existen las “caletas” que albergan a los muchachos que agrupados para sobrevivir y acompañados de perros igualmente vagos sobreviven en condiciones de insalubridad y promiscuidad. Estos factores han sido ampliamente estudiados y reconocidos como un verdadero problema.

¿Cómo ha participado el Estado de este problema? Durante los años en que el Estado se constituye como un Estado Benefactor (Época del Frente Popular), carabineros actuó reprimiendo y reeducando a los niños de la calle en instituciones creadas con estos fines; sin embargo ellos, siempre se las arreglaban para escapar: la libertad de la calle era más fuerte que la posibilidad de reformular sus vidas y llegar a ejercer con el tiempo, un empleo que no tenga que ver con la delincuencia. Aquí subyace un problema importante: los niños vagos son potenciales delincuentes adultos. Esto no es descabellado de pensar si consideramos que claramente las posibilidades de salir del marco de la delincuencia es poca o más bien nula, y por otra parte, porque al haber convivido en este mundo al margen de la legalidad les ha entregado una independencia económica que a través del delito se legitima y se constituye como forma concreta de vida.

Si a esto sumamos el consumo de drogas y alcohol tendremos que los niños vagos crecen en un sistema en que la prostitución y la homosexualidad es otro elemento cotidiano. Este último punto es un argumento de peso en el análisis de la infancia irregular, puesto que la práctica homosexual no sólo constituye un problema social sino que también un problema de salubridad. Citando nuevamente a Pobrete, su texto hace mención a la existencia de una enorme cantidad de niños que contrajeron enfermedades venéreas durante su paso por las calles. Y no es de extrañar que exista este problema, pues una de las formas de procurarse el sustento económico es la prostitución homosexual.

Otro elemento interesante de analizar es la relación de estos niños con el sistema educacional, obviamente ellos abandonaron la escuela, o sencillamente nunca fueron a ella. La autora manifiesta que cerca del 54% de los niños vagos de los que se tiene registro en esta época eran analfabetos. Este elemento de falta de educación formal, crea en ellos un desarrollo intelectual tardío, que se confundió muchas veces con retardo mental. Este error es muy importante de abordar porque además de sufrir una discriminación por su condición de vagos, se adhiere el hecho que son considerados intelectualmente enfermos.

En definitiva, y cerrando esta parte del estudio debemos argumentar que estos niños víctimas de las políticas de desigualdad económica del país han sido abandonados no sólo por los padres (uno o ambos) sino que también por las políticas del Estado que los resumen como niños problemas, vagos, delincuentes y de mal vivir. Lo que no aborda el Estado respecto de ellos –más allá de la conceptualización- es el problema real que implica la existencia de niños en irregularidad social, no se cuestiona si ellos deben salir a la calle porque deben buscar un oficio para subsanar la falta de recursos en sus hogares, los limitan a niños que buscan la calle por delincuencia; no se cuestionan el hecho que ellos busquen compañía entre sus pares porque en sus hogares encuentran maltrato y abandono, son sólo los niños de la calle.

Una vez analizadas ambas situaciones, podemos convenir que existen elementos de juicio que nos muestran la existencia de una infancia bastante trastocada en sus complejidades más básicas. El caso chileno puede tener aun más un hilo tensor que es el que tiene que ver con la violencia política de los últimos 30 años. Por motivos que no viene al caso explicar, me vi enfrentada a abordar el tema de los niños que fueron víctimas de los hechos políticos de la dictadura de Pinochet; pero mi acercamiento, que desde ya asumo es sesgado a una parte de la población y no a toda, tuve contacto con personas de mi misma edad que habían sufrido entre otras cosas, tratos crueles inhumanos y degradantes, categorización que corresponde según las Naciones Unidas a la aplicación de Tortura.

Entre 1973 y 1989, Chile sufrió un periodo de paréntesis en la constitucionalidad nacional. A este paréntesis se le denominó Dictadura. En ella miles de chilenos sufrieron los embates de la violencia política, la persecución ideológica y con ello la detención, desaparición y en muchos casos, la muerte. Nuestros niños fueron quizá los más afectados por estos hechos, sencillamente porque no tuvieron posibilidad por sí solos –como los adultos- de recurrir a las instancias internacionales de protección de sus vidas. Según el informe Rettig fueron 185 los niños que murieron víctimas de la violencia política; de ellos, 74 menores fueron ejecutados, 57 de ellos se transformaron en detenidos desaparecidos y hasta la fecha sólo se han encontrado 14 cuerpos(3); a pesar que esta cifra no es muy decidora puesto que no alcanza al 6% de las personas que aparecen en el documento, nos preguntamos, además de estos niños ¿cuántos niños y niñas se vieron sometidos a malos tratos pero no fueron muertos?. El Informe Valech de 2004, asume otra cifra que debemos considerar, otros 190 niños y niñas fueron víctimas de tortura y prisión política, de ellos, 88 niñas y niños tenían menos de doce años cuando fueron detenidos, 87 estaban en ese momento junto a sus padres. Otros 11 aún permanecían en el vientre de su madre al momento de su arresto, 4 más estaban en gestación cuando se vieron afectados por las torturas aplicadas a sus madres.(4)
Sin embargo, la existencia de estos datos y la validez de los mismos, cabe preguntarse, ¿Cuán ciertas son estas cifras?, ¿por qué se asume que sólo una mínima parte de la población infantil se vio afectada por el sistema represivo? O peor aun ¿cuál fue el criterio que se utilizó para definir, en el último caso quienes habían sido los agredidos? Convengamos que la comisión que redactó el informe Valech, tuvo varias formas de definir quién y cuándo se produjo la tortura y estos elementos también fueron aplicados a los niños. La cifra, por lo tanto es reducida porque –y según comentó Elizabeth Lira a La Nación- “siempre la visión de los niños se ve como sujeto titular la madre y la padre, no es buscado por sí mismo, lo complicado -antes de este informe– era vencer la visión de consecuencia indirecta, porque incluso muy pocos niños se sentían como titulares de la agresión recibida”(5). No es extraña esta afirmación puesto que si bien estos niños que ahora con seguridad sobrepasan los 20 años, tuvieron alguna conciencia de lo que estaba ocurriendo a su alrededor –al menos en algunos casos- el sólo hecho de ser inocentes en su infancia, no les permitió dimensionar estrictamente los hechos represivos.

Ahora bien, la Comisión de Prisión Política y Tortura sostenía como fundamento para calificar al Informe final el hecho que “la persona hubiera estado detenida en un recinto especialmente habilitado para estos fines, además de permanecer en él más de 24 horas”(6). Aquí inmediatamente quedan fuera todos los recintos que pertenecían al entorno cotidiano, y por supuesto, se dejaba fuera a un número importante de personas que fueron detenidas en sus casas por algunas horas. Me estoy refiriendo fundamentalmente al caso de los pobladores marginales, quienes en su mayoría sufrieron allanamientos de sus casas y fueron detenidos ya sea en estos espacios, o también en las canchas y calles dentro de la misma población.

En estos episodios impresentables cometidos contra las personas, los niños generalmente eran separados de los padres, y mantenidos recluidos junto a sus madres en las casas, recibiendo por cierto, apremios físicos y sicológicos quizá más violentos que los que sufrían los propios adultos, puesto que –y para lograr la “cooperación de los padres”- los niños eran continuamente amenazados con armas de fuego, golpeados o sencillamente amedrentados con abusos verbales.

En una investigación en que participé y que titulamos “Tortura en Poblaciones del Gran Santiago”(7) obtuvimos testimonios de distintas localidades de la Región Metropolitana. Una de ellas nos llamó profundamente la atención ya que quien dio este testimonio tiene actualmente 35 años y vivió uno de los allanamientos en la Población La Faena en la comuna de Peñalolén. Este muchacho de nombre Marcos Aguilera vivía junto a sus padres en la población, además de sus 4 hermanos, dos de ellos adolescentes de 16 y 17 años. Marcos nos contó en la entrevista que realizamos que “cuando entraron los pacos, molieron a palos a mi viejo, se lo llevaron pa’ la cancha y a nosotros que estábamos durmiendo, nos sacaron a culatazos de la cama, nos pusieron boca abajo en el comedor y después nos dejaron encerrados con mi mamá en la casa hasta que revisaron todo y se fueron. Me acuerdo que preguntaron por las armas o por medicamentos que tenía mi viejo que era encargado del grupo de salud de la pobla. Pero cómo íbamos a saber de eso si él no era médico, sólo que daba atención a los heridos en las protestas.” Este testimonio es bastante más extenso, nos comentó  todas las vejaciones a las que fueron sometidos su madre y ellos mismos como menores; no queremos extendernos en esto, sino que solamente ilustrar que en este caso y en general, en los casos referidos a la violencia política en Chile, el matiz de pobreza está absolutamente implícito en el problema de la represión. Es por eso que asumimos que en verdad no son 190 los niños que deberían figurar en el informe, sino que la cifra debería ser al menos un 200% más.

Estos niños fueron reprimidos, vejados y amedrentados por el hecho de ser hijos de los “enemigos internos de la patria”, pero también fueron discriminados por ser pobres. Discriminados doblemente, en primer lugar porque no se les permitió acceso a una mejor calidad de vida y en segundo lugar porque ni siquiera fueron dignos de ser considerados entre los documentos que emanan del Estado chileno.

Estos niños prisioneros no han sido reconocidos por nadie, no les han permitido elaborar su memoria histórica, se les ha negado la posibilidad de ser voces dentro de los sin voz. Son estas instancias en las que podemos decir que si existe una deuda social que tenemos la obligación de enfrentar, es justamente la de dar a conocer que en Chile y en general en el mundo existe una infancia debida, una infancia callejera, violenta, víctima, hambrienta y sufrida de la que debemos hablar, con la que tenemos que trabajar, pero sobre todo debemos reconocer como existente.

Si tanto se ha hablado a nivel sociológico y antropológico que los niños son el futuro de nuestro país y del mundo ¿no será hora que comencemos a tratar el problema de la infancia con más rigurosidad y respeto? ¿No será que ya es hora de decir que más que niños con pies descalzos o delincuentes hambrientos, nuestros niños y niñas merecen respeto, apoyo y sobre todo amor?

Les agradezco mucho esta invitación y me permito agregar un par de palabras más. Esos niños y niñas de los que les hablé al comienzo, mis compañeros y compañeras de juego en la infancia, han sido la inspiración de este trabajo, aunque ellos probablemente nunca lo sepan.

 

Lic. Mag © Claudia Videla Sotomayor

Santiago, mayo de 2006.

1 Scheper-Hughes, Nancy: La Muerte sin Llanto. Violencia y vida cotidiana en Brasil, Ed. Ariel, Barcelona, 1997, Cap. I, IV, VI, VI.

2 Poblete, Naumann, Sandra: “Abandono y vagabundaje infantil en Santiago de Chile. 1930-1950”, En Revista de Historia y de las Mentalidades, N° 4, invierno de 2000, pp. 197-228

3 Datos entregados por la Fundación Pidee

4 Informe de la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortur (CNPPYT), Gobierno de Chile, Ed. La nación, Santiago, enero de 2005

5 Diario La Nación, Sábado 4 de junio de 2005, sección El País.

6 Informe de la CNPPYT, op. cit.

7 VIDELA, CLAUDIA (et al): Tortura en Poblaciones del Gran santiago 1973-1990. Ed. Corporación José Domingo Cañas, Santiago, 2005.

 

 

 

 

 

 

 

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