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Elizabeth Jelin: Los trabajos de la Memoria, Ed. Siglo XXI, España, Argentina, 2001.

Claudia Videla Sotomayor

El excelente trabajo de Elizabeth Jelin que a continuación comentamos es una muestra viva del cómo la historiografía ha proliferado en torno a la conceptualización y tratamiento de la Memoria durante los últimos tiempos. Trabajos que ha abordado el concepto desde la óptica histórica, sociológica, antropológica, etc y que han venido a remover los cimientos de la cultura del olvido que se vive en América latina post dictatorial.

Uno de los primeros elementos que la autora trabaja es el concepto del pasado que no quiere pasar, esto visto como elemento de memoria y de realidad actual, este pasado que nos invita a soslayar el olvido en por de una no repetición de las crueldades y atrocidades cometidas en nombre de la seguridad interna del Estado. Cuando Jelin habla de la memoria en el Mundo contemporáneo relata lo que para ella es “un culto al pasado” y que constituye una verdadera cultura de la memoria que, según Pierre Nora sería archivistica. En este punto no comparto lo apreciado por este autor, en definitiva porque el archivo de memoria (como elemento tangible) es sólo una parte de la memoria. Considero que los movimientos tendientes a rescatar la memoria no fundamentan su accionar en placas recordatorias o monumentos, o legajos de archivos oficiales. Si esta afirmación fuera taxativa ¿en qué espacio se mueven las memorias carentes de huellas concretas?, ¿dónde quedan aquellos recuerdos colectivos que no tienen asidero en lo concreto? El trauma, la desaparición y el duelo por ejemplo.

En este pasado que se niega a pasar surgen grupos o comunidades que se esfuerzan en ejercer interpelaciones a las conciencias de víctimas y victimarios en pos de una identificación e identidad respecto de la memoria. Los grupos de DD.HH son una manifestación de este proceso ético contra el olvido institucionalizado, ella los llama “ los emprendedores de la memoria” , quienes son finalmente los guardianes del patrimonio existente en espacios y épocas post traumáticas. En este sentido, la autora plantea una constante tensión entre el temor al olvido y la presencia del pasado. Por una parte los grupos se empeñan en constituirse como garantes de la conservación histórica y por otra, la institucionalidad quiere negar o esconder (muchas veces destruyendo los lugares de recuerdo) un pasado que resulta vergonzoso.

El pasado en tanto a tiempo cronológico argumenta una secuencia lineal que desencadena duelo- aceptación – reconciliación. Esta tríada de elementos enfocan sin duda un proceso de trauma vivido por la sociedad y que la autora liga a la emocionalidad y sensibilidad que ofrece el enfrentarse a la real magnitud de los atropellos contra los derechos fundamentales de la sociedad. Desglosando esta tríada partimos por la concepción del duelo “la imposibilidad de separarse del objeto perdido” (p. 14), cabe cuestionarse ¿cómo puede haber duelo si no está presente el objeto perdido?. Una de las características de las dictaduras militares de América latina es la alta proporción de detenidos desaparecidos o ejecutados políticos de los cuales no se tiene rastro, por esto es que el duelo en una infinidad de casos se prolonga indefinidamente sin posibilitar la coexistencia del resto de la tríada. Luego, la aceptación ¿cómo se puede aceptar una situación que es en el fondo una violación prolongada?, desde luego que es imposible a la luz de los procesos de transición democráticas que siguen paralizadas frente a las evidencias, pero que, por el mismo trauma no pueden ser superadas. Finalmente la reconciliación, ¿cómo existirá una reconciliación perdurable, un nunca más si no hay justicia?. La experiencia del análisis de las dictaduras del último tiempo dice que la justicia sólo ha sido en la medida de lo posible y de orden moral y ético puesto que ni el hecho que el presidente Kirchner, ni la detención de la cúpula de la DINA o Pinochet, han sido suficientes para que la justicia sea plena para víctimas directas y víctimas potenciales como la sociedad surgida de estas dictaduras.

Otro punto interesante a destacar de este texto es cuando la autora se pregunta ¿de qué hablamos cuándo hablamos de memorias?. El sólo hecho que ella diga memorias ya nos da luces acerca de la existencia de múltiples memorias que coexisten entre los ciudadanos nacionales e internacionales. Abordar este problema implica reconocer la existencia de “recuerdos y olvidos, narrativas y actos, silencios y gestos” (p. 17), todos elementos que deben ser estructurados en una mirada “cara” a “cara”, en un involucramiento emocional con el recuerdo mismo y con el que recuerda. Este “involucrarse” está delimitado al compartir experiencias pero no al intento de “sentir” estas experiencias: nadie puede realmente sentir el dolor de la tortura del otro. Esto es lo que propone la autora precisamente cuando dice que “las experiencias son intransferibles y singulares a cada uno” (p. 19).

Más adelante la autora comenta que existe una sobreabundancia de memorias. Bajo esta permisa, mi propuesta personal se contrapone a este argumento, considero que tal vez exista una cantidad más o menos considerable de documentos y artefactos culturales en torno a la memoria, pero no creo posible limitar la existencia de muchas memorias, “todas las memorias”, en definitiva porque no sólo debemos contemplar la memorización colectiva por parte de grupos ligados a los derechos humanos (o francamente opuestos a ellos), sino que también al cúmulo de memorias que son individuales. Ligado a esto surge el cuestionamiento de quién recuerda y qué recuerda cada quien; naturalmente los grupos que establecen memorias tienen ciertas características propias, dadas por su identidad: los torturadores y el poder fáctico recordará “que fue necesario, que los detenidos y torturados eran enemigos internos de la patria”, mientras que las víctimas dirán “que fue atropello, matanza, etc”.

Ambos tipos de memorias coexistirán para formar una memoria nacional y transformarán sus postulados en huellas de memoria (y entiendo huellas no sólo a los memoriales, placas recordatorias, cuarteles militares y/o policiales) sino a aquellas huellas que están vivas en los actores de dichas memorias. Cabe preguntarse ¿cómo superviven estas memorias por separado?. Veamos el caso de las víctimas. Para ellos las huellas de la memoria son sinónimo de trauma, violencia y represión y por ende el elaborar una memoria implica además del reconocimiento de esto, una catarsis ante sus pasados y un intento de reestructurar el futuro que se ve imbuido en la problemática del cómo recordar. Aquí aparece otro de los elementos que la autora propone en su texto: el testimonio como fuente de memoria. Para la víctima es enfrentarse por primera vez en público frente a las vejaciones e inhumanidades a las que sobrevivió y para el testigo es una manera de aproximarse –como par- a una realidad ajena, comprometida emocionalmente. Las dos partes se enfrentan entonces a una situación compleja en el que se deben identificar conceptos, decodificar traumas, nombrar a los agresores; de alguna forma reconstruir periodos trágicos.

¿cómo limitar el testimonio?. Por una parte este testimonio en sí mismo supone un límite que está dado por el testigo, quien será el receptor de aquellas situaciones de la víctima y que por otra parte debe ser capaz de construir un relato que sirva para ejercer justicia y para preservar la memoria por otra parte. Quien investiga, entonces, es fundamental.

Posteriormente, la autora reflexiona acerca del concepto de los “Testimonios de los sin voz”. En este sentido debemos identificar que la sociedad entera ha sido sometida de una u otra forma a la situación traumática que supone la tortura y el olvido, por eso, cuando el testimonio se pierde en el anonimato el testigo es un privilegiado, porque es capaz de escuchar versiones que en las multiplicidades de voces está perdido. Normalmente, el testigo es un sujeto de otra clase cultural y su objetivo es dar a conocer un mundo que estaba oculto o que habría estado silenciado por el poder. Aquí la relación cara a cara no es entre pares, puesto que unos son el sujeto de estudio del otro y por lo tanto, el compromiso sensible queda supraditado a la creación de conceptos de estudio (a diferencia del testimonio cara a cara en que ambos, víctima y testigo reconstruyen y codifican en conjunto la situación).

Estos testimonios de los sin voz, tienen códigos específicos en que se entremezclan espacios y tiempos históricos diferentes y por ende los resultados de una entrevista variaran según sea la proximidad que el sujeto estudiado tenga con el hecho concreto. Ejemplificando esto, la autora –sin proponerlo- hace mención a la importancia de los grupos de mujeres que han participado de los movimientos de derechos humanos en América Latina. Ellas según sea el caso víctimas, madres, hijas, compañeras, etc, tendrán un rol distinto como conjunto y serán las portadoras de elementos conceptuales que son distintas por el sólo hecho de no ser siempre las víctimas sino porque han vivido el trauma desde el otro lado de la violencia. Sus imágenes del dolor no siempre serán desde su dolor (físico o síquico vividos en tortura) sino más bien desde la “compañía” en este dolor. Con esto, las mujeres podrán encabezar con mejor propiedad los organismos tendientes a rescatar la memoria y a exigir justicia porque sus símbolos para de sufrimiento tienden a concebir una justicia que además de jurídica es ética y moral (p. 99). A este proceso de feminizar la memoria es que la autora en parte denomina la memoria activa. Recordemos el caso de las mujeres que encabezaron la AFDD en Chile; ellas habían sufrido la tortura de ver a sus desaparecidos (la mayoría hombres) y de ser negadas como estamento de presión ante la opinión mundial (locas fue lo mínimo que la dictadura dijo de ellas), sin embargo, muchos de los casos emblemáticos descubiertos en Dictadura y post dictadura se deben precisamente al ahínco que ellas pusieron en dar a conocer estas torturas.

Otro elemento a destacar en torno a la memoria viva es saber a quién se intenta transmitir esta memoria, cuáles son los requisitos para hacer memoria y qué es lo que queremos recordar. Puntualmente, lo que se querrá hacer con esta conceptualización es crear las bases para la identificación del problema (y para la identificación de los victimarios por lo demás) y luego, dejar el espacio para que aquellos que quieran conocer o re conocer estas experiencias puedan plasmar sus propias impresiones al respecto, para que re-signifiquen y re-interpreten, no para que repitan y memoricen los hechos.

Esto pone en discusión dos situaciones que a veces se superponen: aprender del pasado y aprehender del pasado; es decir, aprender a que nunca más deben ocurrir hechos como los acaecidos (recordar para no repetir) y por otra parte, reconocer en la experiencia vivida, aprehendida, aquellos elementos que debemos considerar en caso que la “buena memoria” nos falle: la solidaridad por ejemplo (y para los poderosos aprehender que entre comillas, no existe crimen perfecto, siempre se terminará por saber lo ocurrido aun a falta de cuerpos que enterrar)

Finalmente, reflexionamos acerca de un elemento que los grupos de derechos humanos han acuñado y que quienes participamos de ellos sentimos como propio (saliendo del texto, por cierto) y es el de Memoria viva. Para la mayoría de los grupos, la memoria no radica sólo en la incierta posibilidad de tener un lugar físico en el cual recordar y hacer memoria de la gente que hemos perdido, sino más bien esta memoria esta sujeta –firmemente- a nuestras convicciones más personales, es decir, supera los constructos físicos y se instala en esta relación de las víctimas-testigos de los que Jelin hace tanta referencia.

Con todo lo antes dicho considero que el texto de Jelin entrega una serie de elementos, conceptos y consideraciones que son absolutamente esclarecedoras de un tema en sí complejo como es la memoria, abriendo nuevas vetas para la profundización de los temas que trata.

 

 

 

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