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Lira, Elizabeth Psicología de la amenaza política y el miedo , Ed Cesoc, 1991, Psicología social de la guerra, trauma y terapia , .U.C.A. Ed., El Salvador 1990

Claudia Videla Sotomayor

Para este análisis partimos de varios cuestionamientos a propósito de las lecturas estudiadas. Todas sin excepción tratan el problema del miedo como un elemento sine qua non del ser humano y por ende de la sociedad. Pero ¿qué es el miedo?. Los autores entienden el miedo como un fenómeno subjetivo de efectos inicialmente privados pero que, al producirse simultáneamente en miles de personas se instala en la sociedad misma, concretándose en un actuar político y social.

Este fenómeno tiene dos vertientes claras y definidas. Por una parte está el miedo de la “certeza” y por otro, el miedo por “incertidumbre”. Lo que es claro es que ambas vertientes se encuentran manifiestas en regímenes dictatoriales y en los democráticos. Del mismo modo, el miedo afecta a la recuperación de la memoria porque implica un trauma a lo vivido y/o escuchado.

Históricamente, Chile –según los autores- había vivido hasta 1970 una proceso más o menos democrático, en que los acuerdos políticos habían logrado cierta estabilidad sólo cruzada por algunos elementos subversivos como huelgas –y contra manifestación-, o represión en baja escala (comparada con la dictadura, naturalmente). Sin embargo, en la década de 1970 se produciría un doble quiebre en esta institucionalidad, quiebre marcado por la presencia del miedo.

Entre 1970 y 1973, el gobierno del presidente Allende experimentó la puesta en práctica del modelo socialista y para una parte de la sociedad este modelo suponía la garantía de libertad, progreso y equidad; mientras que para otra parte, era un verdadero “cáncer marxista” (sic) que debía ser exterminado. Ambos discursos establecieron en la sociedad un clima de inseguridad: para los primeros, la posibilidad cierta de un levantamiento armado; para los segundos, la convicción de estar frente a enemigos de la patria.

Estos elementos provocaron una angustia generalizada, amenazada por el desabastecimiento y el bloqueo económico, por esto la parte más radicalizada de la oposición establecerá su régimen del terror: la dictadura de Pinochet

Los autores hacen hincapié en que a partir de 1973 surge un tipo de miedo ligado sobre todo a la represión masiva y/o individual, censura y control. Aquí ambos tipos de miedo se ven conjugados en toda la sociedad.

La certeza: En los primeros tiempos de la dictadura lo cierto es que el miedo estaba latente principalmente atentando contra el cuerpo físico y psicológico de partidarios del régimen allendista- detenciones, torturas, allanamientos y muerte marcaron a la sociedad y la sumieron en el más absoluto terror, un terror de hablar de organizarse, de oponerse. Este miedo un tanto obvio –los militares tenían metralletas que asesinaba, diría la siquiatra Laura Moya- pero también un miedo a la delación. Por lo mismo durante la dictadura, la certeza de estar en un Estado a-normal definió las relaciones políticas, sociales y culturales. Entre los sobrevivientes al periodo es sumamente frecuente escuchar “cuando escuchábamos música de Silvio (u otro) era bajito porque si alguien sabía...” aparece aquí otro concepto, el de la clandestinidad que es una de las formas de enfrentar el miedo “todos teníamos miedo”. Este aparejo de miedos finalmente coordinaba medios de subsistencia que pasaban por la identificación de los pares y en la “seguridad” (entre comillas) se podía liberar un poco de este terror. En la década de 1980, se crearon talleres del “miedo” en el que se enseñaba a enfrentar una persecución y/o detención, y entre todos “los miedos se iban desvaneciendo, por momentos, por algunos minutos, éramos libres”.

La inseguridad: El otro tipo de miedo –y que lo aborda particularmente Lira-, es el que dice razón a la existencia de un miedo que se percibe pero que no se sabe hasta dónde es real. Fue frecuente –como método de coerción - el que el Estado hiciera recorrer a la sociedad en un constante temor de vida. Los espacios cerrados a la vida pública hablaban de la inseguridad que ellos provocaban. Por otra parte la conceptualización de “enemigo interno” recorría al país aunque se habían detenido y expulsado a los enemigos de la patria (los extremistas según el régimen), aun podrían volver y continuar con el desastre nacional. Era por lo tanto un “deber” patriótico combatirlos y delatarlos. Aquí hay suficientes ejemplos, desde el mentado Plan Z hasta la lista de los 119 miristas muertos en Argentina.

Otra forma de la incertidumbre estaba dada entre los mismos sujetos sociales. Muy conocido es el caso de los pobladores quienes eran víctimas de rumores de atentados perpetrados por otros pobladores vecinos, los “ahí vienen!!” se repetían innumerables veces, creyendo en lo que las fuerzas represivas les decían (que iban a invadir la población y quemar sus casas).

Estos elementos, naturalmente no son los únicos, también existen por ejemplo las incertidumbres en los familiares y compañeros una vez que alguien caía preso. O la posibilidad de ser los siguientes en las listas de los servicios de inteligencia.

Una vez esgrimidas estas conceptualizaciones, surge –aunque está implícito- el ¿quién tiene miedo?

Toda la sociedad tiene miedo. Es cierto que cada individuo percibe el miedo de manera particular y específica, según sean sus conexiones con la angustia y el horror. Pero lo que es claro, es que esta sensación de desprotección o amenaza traspasará las fronteras personales y se instalará en el subconsciente colectivo. Nuevamente tenemos dos posibilidades.

La sociedad Reprimida : Que como ya hemos dicho vive atemorizada por la acción o posibilidad de ser atacados por el Estado, violentados física o sicológicamente y que vivían traumatizados frente a la sola posibilidad de oponerse a las disposiciones de la Junta.

El Estado Represor: que no incluía solamente a los agentes del mismo Estado (militares en todas sus ramas), sino que también empresarios y civiles que, un poco por miedo, un poco por convicción hacían oídos sordos a las prácticas terribles de sometimiento y tortura.

Ambos grupos sociales viven en el miedo, pero de alguna forma generan miedo y reeditan terror. Esta relación complementaria establecerá un brumoso panorama de espanto.

Otro punto de análisis de este estudio es el cuestionarse cómo hablar del miedo. Ante este panorama, hablar del miedo presupone un haber terminado el proceso de trauma. Sin embargo la sociedad post dictatorial no ha concluido este proceso por lo que enfrentar muchas veces, aquellas situaciones violentas vividas u oídas resulta imposible, afectando desde esta perspectiva el rescate de la memoria.

Como habíamos discutido en otros textos, la memoria implica un rememorar y un reeditar aquellos traumas, pero para quien vive en el miedo eso resulta imposible. Durante la época de transición democrática, las constantes amenazas de boinazos, ejercicios de enlace, etc, mantuvieron a la sociedad en el miedo. Por lo tanto, la primera memoria que podría haber existido en el Chile de la década de 1990 fue una memoria de miedo que primero negó la existencia de estas violaciones y que después en pro de este duelo-reconstrucción, debió ser superado, al menos intentar superarlo. A modo personal, creo que aun el tema del miedo dictatorial está muy presente en la vida cotidiana y ni qué decir a nivel institucional. Este tema del miedo-memoria no es tratado debidamente por Lira, tal vez porque la misma autora está sumergida en un miedo a relatar o proponer conceptos de esta envergadura que mueven a la sociedad.

Quisiera proponer una encadenación de conceptos a partir de lo sugerido en la lectura de Garretón: miedo Þ no denuncia Þ impunidad Þ ¿memoria?. Esta seguidilla de conceptos apuntan a que en verdad esta sociedad traumatizada por el miedo no es capaz de hablar, es como estar perplejo ante un hecho, provocando un proceso de silencio colectivo y por ende afectando la posibilidad de hacer justicia por una parte y de crear una memoria colectiva por otra.

Finalmente, una observación al texto. Los autores tratan muy bien el tema central de su investigación, sin embargo y sobre todo Lira, trabajan el argumento desde la perspectiva sicológica en demasía, haciendo divagar al lector –no familiarizado- por una serie de conceptos que tal vez podrían ser profundizados por la misma autora. Pero por otra parte, los autores, en general, enfrentan un elemento complejo en sí mismo de estructurar y ahí está la valía de sus textos.

 

 

 

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